Los olvidados de la reforma

En Tijuana los deportados esperan que les llegue un 'milagro'
Los olvidados de la reforma
Carlos Jair González, de 29 años, da instrucciones a un migrante en el albergue Padre Chava de Tijuana, donde hay varios deportados.
Foto: AP

SAN DIEGO.— Carlos González ha vivido 29 años en un país que considera como su casa pero ahora se encuentra al otro lado de la frontera… y en el lado equivocado de la propuesta migratoria que garantizaría un estatus legal a millones de personas.

En diciembre González fue deportado de Santa Bárbara a Tijuana. Este es un caso de los casi dos millones de deportaciones que se han llevado a cabo desde que Barack Obama fue elegido presidente en su primer mandato.

“No tengo a nadie aquí”, dice González, mientras sirve desayunos en un refugio para migrantes, esperando que se mejore de un pie que se fracturó cuando saltó de una barda en la frontera en su intento de reunirse con su madre, dos hermanos y el resto de su familia en California. “Los Estados Unidos es lo único que conozco”, dice.

Mientras el Senado estadounidense se encuentra preparando las negociaciones de la reforma migratoria que sacaría de las sombras a unos 11 millones de personas, no todos se beneficiarán, entre ellos los que arribaron después del 31 de diciembre de 2011, los hermanos de ciudadanos y muchos deportados, como González.

Con una inmigración proveniente de México reducida al mínimo, el número de los que vinieron desde enero de 2012 es relativamente bajo —quizás algunos cientos de miles—. Ellos incluyen a Issac Jiménez, que le pagó a un “coyote” 4,800 dólares para cruzarlo por el desierto de California con el fin de reunirse con su esposa e hijos en Fresno.

“Mis hijos están aquí, todo está aquí”, dice Jiménez desde Fresno. El vivió en este país de forma indocumentada desde 1998 y retornó voluntariamente al sur de México para ver a su madre antes de que muriera. Hasta ahora algunos proinmigrantes han mostrado poco entusiasmo para pelear por una reforma migratoria más incluyente debido a la dura batalla que vaticinan se llevará a cabo en el Congreso.

“No va a incluir a todos”, dice Laura Lichter, presidenta de la Asociación Americana de Abogados de Inmigración. “No es perfecta. Creo que se ha escuchado la frase, ‘No dejes que lo perfecto sea enemigo de lo bueno’, y esto es bueno”.

Peter Núñez, que apoya políticas más restrictivas como director del Centro para los Estudios de Inmigración en Washington, califica el plan que se discutirá en estos días entre 8 y 9 en una escala del 1 al 10, con 10 siendo el más incluyente. No está de acuerdo con un plan que permita a deportados sin antecedentes criminales solicitar un permiso para reunirse con sus cónyuges o hijos, un paso que muchos dicen podría ser benéfico para las familias.

Algunos senadores fueron más benévolos que la Administración Obama el año pasado, cuando concedió permisos de trabajo a aquellos que vinieron a EEUU como niños pero descalificó a cualquiera que tuviera un delito menor, ya sea por manejar borracho, por violencia doméstica o por drogas, entre otros crímenes. El plan presentado recientemente en el Senado permite hasta tres delitos menores o un solo delito mayor para no calificar.

Las deportaciones llegaron a 400,000 en el año fiscal de 2012, más del doble de siete años antes, enviando mexicanos a ciudades como Tijuana, en donde tienen muchos problemas para encontrar trabajo. El albergue para migrantes Padre Chava sirve almuerzos a 1,100 personas. Su director, Ernesto Hernández, calcula que 75% de ellas han sido deportadas.

“Muchos llegan aquí con tenis que han costado cientos de dólares, pero nada en el bolsillo”, agrega.

Casi 10% de los deportados habla poco o nada de español.

González nació en Cuernavaca y emigró a los dos años de edad; nunca había regresado a México. Después de graduarse de la preparatoria tomó cursos de mecánica y trabajó en Jiffy Lube. “Nunca pensé que estaría en esta posición”, dice.