Madres inmigrantes luchan por una reforma migratoria

Las une el dolor de la separación y la esperanza de que se logre una legislación
Madres inmigrantes luchan por una reforma migratoria
Angie Gonzáles sintió que el mundo se le venía encima cuando su esposo Samuel fue arrestado por ICE. Foto Antonieta Cádiz/La Opinión

WASHINGTON, D.C.— El Día de las Madres tiene un sabor agridulce para todas ellas y por eso han alzado su voz. En vigilias, audiencias y protestas, las madres del Capitolio no se quedan tranquilas. Son aquellas mujeres que además del trabajo y cuidado de sus familias, dedican parte de su tiempo para impulsar la causa de una reforma migratoria en el Congreso.

Con caminos diferentes, han llegado a una misma lucha. Están separadas de sus hijos, han perdido a sus esposos o familiares. Han vivido en carne propia las huellas de un sistema que consideran injusto y arcaico. Es por eso que se cansaron del silencio. Ahora, es común verlas en los pasillos del Capitolio. Con camisetas, pancartas y en muchos casos, con sus hijos en los brazos, están decididas a mostrar el rostro humano de una batalla legislativa difícil y controversial.

Helia De La Cruz ha pasado por dos deportaciones, violencia doméstica, secuestro, violación y aún está en pie. Ahora, quizás con más fuerza que nunca. Ella trató de hacer las cosas bien. En 2006 pidió el perdón para el castigo de 10 años, impuesto por el gobierno, a personas que han estado indocumentadas en Estados Unidos. Para eso, viajó a Guatemala dejando a sus tres hijos con su marido. El proceso demoró mucho más de lo esperado. En el camino, su esposo encontró otra pareja y dejó de luchar por su aplicación.

“En 2010 volví, crucé la frontera de Arizona. Ahí me tuvieron detenida por seis meses. Traté de pelear el caso desde allá, pero no me dieron la oportunidad. Me deportaron. Volví a Guatemala, estando allá, tuve un accidente. Por tratar de venir otra vez, me secuestraron. Me violaron y de ahí quedé embarazada de mi niña”, cuenta. “Cuando me soltaron lo volví a intentar y crucé nuevamente. Yo no sabía que venía embarazada. Entré por el Río Bravo. Me llevaron a Austin detenida y me dijeron que tenía que ir a la corte, donde sería sentenciada a 3 o 5 años de prisión por haber entrado de ilegal. Me llevaron a chequeo médico. El doctor ahí me dijo que estaba embarazada”, cuenta.

Ahora, Helia trabaja en una tienda de comida rápida y está peleando la custodia legal de sus hijos. “Son muchas heridas, cinco años sin ver a mis hijos, que nunca podré recuperar”, reconoce con lágrimas. “Yo no me daré por vencida. Sé que hay muchas madres que pueden estar pasando lo mismo que yo. Quiero luchar hasta el final. Yo sé que voy a recuperar a mis hijos. Mi sueño es vivir con ellos. Estar sentados en una mesa comiendo juntos”, asegura.

Lejos de sus padres, Lidia Rivas, madre de dos niños, creció sin sus padres en El Salvador. Solo a los 26 años, pudo reunirse con ellos en Estados Unidos, cuando obtuvo su residencia permanente. “Fue duro para mí estar separada de mi madre. Hay momentos en los cuales uno necesita estar con su familia, necesitas a tu mamá, papá y hermanos. Poderles confiar cosas, que no se le pueden decir a un vecino, porque el vínculo más cercano es la familia”, explica.

“Yo siento que mi familia son mis hijos y mi esposo. Este vacío no se ha llenado. A pesar que he estado acá desde 2009. Hemos tratado de hablar más, pero ya se hizo mucho daño por la separación”. Su padre fue el primero que llegó a Estados Unidos y luego de obtener sus papeles, pidió a su familia. Sin embargo, la aplicación de Lidia se perdió y demoró mucho más. Cuando por fin le llegó la noticia de su residencia, su primer hijo tenía tan solo un mes de vida. Dejarlo no fue una opción para ella y esperó hasta conseguir sus documentos.

“Yo no quería que mi hijo enfrentara lo que yo pasé. Me siento comprometida con Dios ahora. Quiero que las personas tengan sus documentos para que puedan ver a sus hijos. Que no estén separados por años”, dice.

“Para la marcha del 10 de abril pude llevar a mis hijos. Es una forma de enseñarles a los niños a que nos unamos en los momentos difíciles de otras personas”, comenta. Lidia trabaja ahora en una empresa de vinos y en su tiempo libre realiza llamados para impulsar a la gente a participar en manifestaciones por una reforma migratoria, además de participar en protestas y actividades públicas.

El 18 de marzo pasado, Angie Gonzáles sintió que el mundo se le venía encima. Su esposo, Samuel, fue arrestado en la puerta su casa, por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Con tres hijos y sin un trabajo, encontró ayuda en Casa de Maryland, una organización comunitaria dedicada a asistir a la población hispana, en el noroeste del país.

Samuel se dedica, en general, a la construcción y vive hace ocho años sin documentos en Estados Unidos. No tiene antecedentes criminales. “Mi hijo me preguntaba por qué la policía se llevó a su papá y yo para que no se sintiera mal, le dije que iba a trabajar con ellos. La iglesia nos ayudó mucho. Pagaron la renta, nos dieron alimento. Fue algo bien duro”, señala Angie, que también es indocumentada. Cuando recuerda las audiencias en el Congreso y el debate migratorio, tiene un mensaje claro.

“Yo quisiera pararme y decirles, por favor hagan esta reforma, la necesitamos, por favor no deporten a las personas. No puedo, porque si lo hago me detienen, pero eso es lo que siento cuando los escucho”. Con la ayuda de Casa de Maryland, Angie logró detener la deportación de su marido a último momento. Samuel estuvo detenido 42 días y ahora está libre por un mes. Luego volverán a examinar su caso y determinarán si prosigue la deportación o puede quedarse.

“Mi esposo está aquí libre, quizá no por mucho tiempo. Espero que sean conscientes de lo que están haciendo. Esta es mi familia, es mi vida”, insiste.

Alicia Silva tiene tres hijos. Cuando su hija mayor tenía ocho años, cruzaron la frontera. Pero hace dos años se separaron. “Ella quería estudiar una carrera médica. Le propuse si quería cuidar a mi mamá que es diabética y hacer la universidad en México. Yo creí que era más fácil enviarla, para no truncarle su oportunidad de estudiar. Pero me llevé tremenda decepción cuando pasó DACA. Fue una mala decisión desde el punto de vista educativo”.

Ahora su única oportunidad de ver a su hija, es que se apruebe una reforma migratoria y así viajar a México. Alicia además tiene un sobrino que fue deportado recientemente. “Acá tiene a su hijo. A la semana de que se lo llevaran, el niño se acerca a mí y me dice: ‘tía te voy a pedir un favor: no te olvides de mi papi’. Yo me sentí tan mal”, cuenta.

Actualmente Alicia se dedica a cuidar a sus hijos y a participar en actividades en pro de una reforma migratoria. “Yo me llevo a los niños a las protestas. Quiero que pase la reforma migratoria, para salir de la sombra, ir a México, visitar a la familia”.

“Les quería decir a todas las madres que sigamos en lucha. Que por un problema que tengamos, no nos quebremos. Que continuemos. Las dificultades nos hacen más fuertes. Un saludo cariñoso a todas las madres”, concluye.

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