Réquiem por un fantasma

El Cronopio Ignacio Ramírez ante sus achaques dijo: 'No clasifico para muerto'

Papeles

Era un libro siempre abierto para su constelación de amigos. En su condición de “fantasma feliz”, el rótulo festivo que patentó para referirse a los muertos, hizo presencia en la última feria del libro de Bogotá de la mano del portugués Pessoa y de otros “mentirosos que siempre dicen la verdad”.

En las ferias del libro era el primero en llegar. Cuando se apagaba la luz de la última metáfora se iba. Lo mismo pasaba en los festivales de teatro o de cine. En todos lo extrañarán.

Levantaba un libro y allí había un amigo. Levantaba un amigo y encontrada diez libros. Leídos, releídos, subrayados, amados, padecidos. Los ajenos y los suyos. Su casa estaba cortazarianamente tomada por la literatura.

Si uno es de donde lo quieren, al decir del juglar Alejo Durán, el Cronopio Ignacio Ramírez fue un bogotano nacido en todas partes. Eran tan buen amigo que a quienes le fallábamos nos perdonaba. Nos encimaba el olvido.

Encontró en la lectura y la escritura la receta de su eterna juventud. Como sus colegas creadores, fue inmortal mientras estuvo vivo, como diría cualquier ganador del Nobel. Fue de los privilegiados que vivió de una vez todas sus vidas. Murió de tanta vida que derrochó a manos llenas.

Madrugó a amancebarse con la palabra. A los 14 empezó su andadura de periodista y escritor que brilló en insólitos escenarios colombianos. En cualquier parte de la aldea global entrevistó a los creadores de la diáspora: los siguió a Nueva York, París, Berlín, Madrid, Roma e intermedias.

Como escogió el escepticismo como trinchera, los dioses le regalaron el don de la palabra y de la escritura. Aprovechó ese regalo para promover talentos en ascenso. Pensaba, con Tagore, que el bosque sería muy triste si solo cantaran los pájaros que lo hacen bien.

El Cronopio Nacho, lúdico, literáludico, integro, sin tachones en su hoja debida, fue un feliz improvisador. Cuando escribía, parecía improvisar.

Cuando necesitaba una palabra y no la encontraba en su disco duro, el hombre de nariz quevediana simplemente la sacaba del sombrero.

Mimaba su prosa como su tío Miguelito cuidaba su jardín. En su lento y difícil ocaso, le preocupaba más no encontrar el sustantivo o el adjetivo correcto. Eran su ética y su estética de hombre de palabra.

Si no hay trenes en el Walhalla en que se encuentre, para Nacho no valió la pena morir. Pocos como él viajaron felices en ese cachivache mágico como los circos. “El tren éramos él (su padre) y yo”, escribió en su obituario. Se le daban tan bien los obituarios que daban ganar de morir para aspirar a uno.

Sus achaques de los últimos años lo llevaron a concluir con su espléndido humor negro: “No clasifico para muerto”. Si hubiera creído en Dios le habría pedido la limosnita de una eutanasia, que defendía cuando no hay posibilidad de vida decente.

Su último libro fue Los fantasmas felices. Cómprelo, pídalo prestado o róbeselo. Hace rato se fue a vivir en sus páginas después de vivir varias muertes. Como en el otoño del 2000, en Italia, cuando estuvo en el famoso túnel. No le había llegado el turno de recitar con su memoria del borgiano Funes: “Polvo seré, más polvo enamorado”. Y regresó como el personaje de Papini.

“No murió quedó encantado”, escribió Geraldino Brasil, “pensando” en Nacho. Seguirá merodeando en las ferias del libro, acompañado de otros dos fantasmas felices: La vieja Felisa, su madre, que le regaló la palabra; Ignacio, su padre, que le inoculó la fantasía llevándolo a pasear en tren.