El retorno del exterior

El Salvador

Una de las joyas de la salvadoreñidad que Roque Dalton nos heredó es la frase de “los que apenitas pudieron regresar”.

Son los miles de Ulises que luego de tramontar mares y navegar montañas retornaron a Ítaca, la mayoría de las veces para darse cuenta de que, después de años y eternidades de ausencia, el país y ellos mismos, habían cambiado, como en la frase nerudiana: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Para el que retorna, el país es, literal y literariamente, un ácido arrojado al rostro, una cirugía plástica en el alma que le cambia la percepción idealizada de la nación cuzcatleca por años profesada. Tan dura es la realidad de El Salvador y sus habitantes.

Actualmente hay tres millones de Ulises salvadoreños lejos de Ítaca; sus remesas periódicas y encomiendas registraron en 2012 un ingreso a las arcas de 3,910.9 millones de dólares, un 16.4 % del Producto Interno Bruto (PIB), constituyendo una de las principales fuentes de ingreso de divisas nacional. No son simples “remeseros”, son compatriotas que han logrado arraigarse en el exterior y con su magnánima solidaridad siguen vinculados al país.

Un gran escritor salvadoreño señalaba al respecto que hay que reescribir el Poema de Amor, pues los salvadoreños dejamos de ser los eternos sospechosos de todo, los hacelotodo, los comelotodo. En este siglo XXI el salvadoreño en el extranjero es magnate empresario, senador importante de la política nacional en su país de residencia, miembro de círculos de elite de la ciencia, el arte y la política, científico de la NASA, Profesor Senior en prestigiosas universidades, accionista de consorcios hoteleros, alcalde o diputado de su localidad de residencia, profesional de prestigio y éxito. Muchísimos salvadoreños en el exterior son parte de la crema y nata de los estratos más altos de poder, política y cultura del país que los acogió.

Constituyen un potencial económico y político que debe buscar su rumbo y definir su propia hoja de ruta, evitando ser instrumentalizado por los politiqueros de opereta que solo buscan la foto y las poses populistas en Washington, Madrid o L.A.

Es necesario institucionalizar este caudal de riqueza monetaria y de solidaridad. Países como México, Ecuador, Marruecos, Turquía, han creado verdaderos megaministerios para sus conciudadanos que desde sus países de residencia contribuyen al desarrollo nacional con sus remesas.

Hay en este país talentos del exterior que han regresado al suelo patrio, verdaderos “cruzados de la salvadoreñidad” que retornan con un currículo impresionante y nos traen su caudal de experiencia. El licenciado José Manuel Ortiz Benítez y el doctor Leonel Flores, importantes funcionarios del Seguro Social son un ejemplo paradigmático de ello, uno vino de España, el otro de USA. Félix Ulloa, hijo del rector mártir de la Universidad de El Salvador, otro que retornó, César Ríos, empresario de éxito en Panamá, también.

Ellos serían excelentes puentes entre la diáspora y el desarrollo local, contraparte experta que puede contribuir a detener, mediante programas de inserción social y creación de fuentes de trabajo en las comunidades más golpeadas, la emigración al extranjero, algo que interesa en suma a Estados Unidos y a la Unión Europea.

La incidencia de la diáspora en lo social, cultural, económico y político de la vida nacional, sin embargo, a pesar de ser uno de los factores claves de nuestra economía, es casi irrelevante.

Por ello, sobre todo para contrarrestar in situ, las causas que obligan a nuestros compatriotas a emigrar, se hace necesario institucionalizar un ente que sirva no solo de defensor de los derechos de los emigrantes sino que rescate la identidad y la memoria histórica de la diáspora y que sirva como contraparte y socio estratégico del desarrollo local, teniendo como eje, entre otros, las remesas y su impacto en nuestra economía.

Se trataría de un ente propugnador de un asocio transnacional de la sociedad civil, tanto a nivel de desarrollo local, en el país, como de las comunidades salvadoreñas en el extranjero. La migración salvadoreña dejaría de ser simple espectadora pasiva y se transformaría en una ciudadanía transnacional que vincularía lo local con lo global, y ello para el mejor aprovechamiento de ese importantísimo potencial humano salvadoreño residiendo allende nuestras fronteras.

Los tres millones de salvadoreños en el exterior tienen mucho qué decir en la economía, la cultura y en la política nacional, pues siguen vinculados por nexos indestructibles al país. Constituyen un titán que ha estado dormido.