Matanza en Santa Mónica

Las leyes estatales que regulan las armas de fuego en California son más estrictas que las de Connecticutt. Sin embargo, no pudieron evitar que una persona con problemas mentales realice una masacre con un rifle AR-15 y miles de municiones.

La historia de la tragedia de Santa Mónica tiene mucho que ver con la salud mental, pero también con las dificultades de implementar las leyes para controlar las armas.

California tiene leyes estrictas, especialmente en cuanto se refiere a este tipo de armas de guerra. Sin embargo, hay demasiadas maneras de eludirlas, ya sea modificándolas para cambiar su definición, comprándolas a través de la internet e incluso armándolas. Por ejemplo, ayer el procurador municipal de San Francisco presentó una demanda contra tres distribuidoras que desarmaban fusiles con cargadores de alta capacidad para venderlas como un “kit de reparación” fácil de armar.

Es inevitable que haya quienes argumenten que las leyes de control de armas no evitan estas masacres, por lo tanto no tienen razón de existir. Esta es una falacia, ya que con el mismo argumento se puede decir que las leyes contra el asesinato no impiden los homicidios, por lo tanto ni tienen motivo de existir.

El caso de Santa Mónica revela las dificultades de implementar adecuadamente leyes estatales cuando hay una industria como la de armas que busca maneras de eludirlas y cuando no hay una uniformidad, ya que se puede recurrir a otras jurisdicciones. El problema no es que hay demasiada leyes, sino que hay lagunas legales y demasiadas maneras de eludirlas.

En unos días se cumplen seis meses de la masacre escolar de Sandy Hook. La matanza en Santa Mónica es una señal trágica de nuestra sociedad y especialmente del sistema político federal que es incapaz de tomar acción alguna para evitar este tipo de tragedias.