La guerra civil de Siria

La decisión de la Administración Obama de ayudar con armas a los rebeldes sirios vuelve a colocar a Estados Unidos en una delicada posición dentro de la maraña de intereses del Medio Oriente.

La confirmación de que el presidente Bashar Hafez al Assad usó armas químicas contra los rebeldes, que llevan más de dos años combatiendo contra su Gobierno, impide que Estados Unidos pueda permanecer ausente en otro conflicto confuso en el Medio Oriente.

Esta es una guerra civil que ya ha cobrado más de 90 mil vidas en los dos bandos, uno integrado por Assad y Hezbollah de Libano —recibiendo armas de Rusia e Irán— , mientras que el otro está integrado por grupos insurgentes, entre ellos organizaciones cercanas a Al Qaeda. Este balance de fuerzas se está volcando en este momento a favor del gobierno.

Se estima que la ayuda inicial de armas de Estados Unidos y sus aliados europeas servirá al menos para detener el avance del Gobierno, pero será insuficiente para dar vuelta el conflicto a favor de los rebeldes.

Obama ha resistido intervenir pese a las presiones del Congreso y las internacionales que esperan una acción humanitaria para detener la carnicería. Un propósito que no se logra enviando más armas, lo que se quiere evitar es una victoria de Assad, aunque el futuro de Siria sin el dictador es incierto por las diferencias en la coalición rebelde

Los estadounidenses ya no quieren más soldados muertos en guerras de alta geopolítica que empiezan con ayuda a los rebeldes, seguidas con el establecimiento de zonas de vuelo restringido —como ya piden algunos legisladores— y luego terminan mal para nuestros país con un alto costo humano, material y de imagen. Los estadounidenses ya no quieren ser el policía del mundo.

Siria no es Libia. Este es un conflicto más complejo en un área más delicada con el potencial de tener efectos más impredecibles. Hoy la cautela para medir el impacto de la acciones a tomar sigue siendo la mejor estrategia