Una vida ‘texturizada’

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Educación

En su revelador libro Coming Apart: The State of White America, 1960-2010, Charles Murray utiliza cientos de páginas de estadísticas para ilustrar la creciente desigualdad que está colocando, cada vez más, a la clase obrera blanca en la senda hacia una pobreza generacional.

Murray concluye sugiriendo que la “nueva clase alta” —que está crecientemente enclaustrada en bolsillos de súper vecindarios ricos y sumamente educados— se mude a comunidades de gente “común”.

“La sabiduría milenaria ha comprendido que una vida bien vivida requiere interactuar con los que nos rodean,” escribe Murray, quien vive en lo que él describe como una “región obrera y agrícola de Maryland” que cada vez tiene más problemas.

Cierra expresando lo siguiente: “En la nueva clase alta podría surgir un Gran Despertar cívico producido, en parte, por una nueva comprensión de que por más agradable que sea vivir una vida brillante, en última instancia es más gratificante —y más divertido— llevar una vida texturizada y estar en medio de otros que están llevando vidas texturizadas.”

La invocación de Murray me vino a la mente, hace unas semanas, mientras leía el ensayo de Andy Hinds, un papá que se queda en casa con los niños, titulado “Por qué quiero escoger la escuela local ‘desfavorecida’ (y por qué quizás no lo haga)” en el blog del New York Times “Motherlode”.

Hinds describe la desgarradora elección que debe efectuar de si poner a sus “mellizas que hablan bien inglés, son de raza mixta y socioeconómicamente favorecidas” en la escuela buena, donde van los niños de sus vecinos, o en la escuela con problemas, que está a cinco minutos de su casa. Su idealismo le hace preguntarse si él y un grupo de padres motivados podrían cambiar la escuela con un cuerpo estudiantil 100% pobre y predominantemente hispano. En última instancia, dicha participación podría provocar un cambio en toda la comunidad.

A Hinds le inquieta que, “aún en el mejor de los casos, podemos esperar algo de desgaste una vez que la distancia entre nuestras expectativas y la realidad entran en foco. Si termino siendo uno de los padres que abandonó este movimiento, se podría crear una situación un poco incómoda con algunos de mis vecinos.”

Me reí cuando leí eso. Saben, yo estoy en medio de un gran experimento similar. Me mudé a una comunidad recientemente reestructurada con escuelas fallidas. Varios de mis vecinos se unieron a mí con la creencia de que íbamos a levantar las escuelas de nuestro vecindario con nuestra sola presencia y esfuerzo. Sin embargo, aquí estamos, más de una década después, con escuelas que están fallando en forma lamentable.

Pero a diferencia de Hinds, no tengo que preocuparme por los sentimientos de mis vecinos —cuando se dieron cuenta que sus hijos estaban más retrasados que sus pares en distritos escolares cercanos con mejores instalaciones y más recursos, la mayoría de ellos simplemente se fue del vecindario.

Este verano, nuestras escuelas están siendo reestructuradas radicalmente a fin de, por enésima vez, elevar los logros del estudiantado. Nuestra comunidad está experimentando también nuestra reestructuración anual, cuando los padres de los alumnos del octavo grado que pueden irse, escogen esa opción para evitar que sus hijos asistan a nuestra conflictiva escuela secundaria.

Mi hijo comenzó un programa de verano para los alumnos que ingresan y que tomarán cursos en el nivel “Honors”. Es un pequeño intento de preparar a los estudiantes que se desempeñan bien en la escuela media, a fin de elevar colectivamente el rendimiento de su clase de secundaria, obteniendo buenas notas en los pocos cursos “Honors” y “Advancemente Placement” que la escuela ofrece.

En una escuela donde el 63% de los estudiantes son de bajos ingresos, la tasa de ausentismo escolar es casi del 20%, y alrededor de un 6% de las clases son dictadas por profesores que no están “altamente calificados” —el plan es optimista. Pero agradezco el intento de brindar a estos niños una ventaja. La mayoría de las escuelas pobres ni siquiera pueden hacer eso.

Los padres, en su desesperación, recurren a mentir sobre sus domicilios para que sus hijos puedan ir a escuelas mejores —y en algunos casos los arrestan y van a la cárcel por ello— por tanto, es admirable que haya gente como el caso de Hinds, quien hasta consideraría arriesgar la educación de sus hijos para el bien común mayor.

Hinds, sin embargo, cierra su ensayo diciendo, “en última instancia, no voy a permitir que mis hijos vayan a una escuela que les falle.”

Ojalá que todo padre tuviera esa opción. Para los que “pueden” escoger escuelas decentes para sus hijos, un consejo de alguien que ya está llevando una vida “texturizada”: Es un gesto muy noble, pero no a expensas de la educación de sus hijos.