Para la justicia racial hay peces más gordos que asar

Paula Deen se preparó una buena hornada de problemas cuando admitió haber utilizado un insulto racial dirigido a los afroamericanos.

Aún así, hay algo en el desprecio universal que ha sido lanzado contra esta célebre chef de 66 años, en los últimos días, que deja un mal sabor de boca.

He aquí cómo se produjeron los hechos. Lisa T. Jackson, exgerente de un restaurante de Savannah, Georgia, del cual Deen y su hermano son propietarios, presentó una demanda contra ambos por presunto hostigamiento racial y sexual. Durante una deposición, se le preguntó a Deen si alguna vez había utilizado la “palabra-N”.

“Sí, por supuesto,” dijo ella. Sin embargo, agregó: “Seguro que lo he hecho, pero fue hace mucho tiempo.”

Ése fue su fin. Deen se disculpó tres veces, vía YouTube. Y aún así, los expertos dicen que su imperio mediático,TV, libros, conferencias y todo el resto— podría no sobrevivir.

¿En verdad? ¿Es esto lo que, en la actualidad, se hace pasar por progreso en las relacione raciales? ¿Está escrito, en algún lado, que nadie puede decir nunca un insulto racial en ningún lugar y bajo ninguna circunstancia? Hay otras palabras, dirigidas a otros grupos, que también están prohibidas? ¿Es una cosa que una personalidad mediática pronuncie la “palabra-N” o cualquier otro insulto racial o étnico en el aire, y otra que lo haga en privado? ¿O no hay diferencia?

¿Podemos, incluso, formular estas preguntas? Es deprimente que en esta época en que la corrección política a menudo suplanta el pensamiento crítico los comentaristas no puedan ni siquiera cuestionar si alguien ha sido tratado justamente, sin que se los acuse de aprobar la conducta de esa persona o, en este caso, su lenguaje.

No lo apruebo. Condeno el uso de la “Palabra-N” por quienquiera que sea. Mis padres, que son mexicano-americanos y saben todo lo que hay que saber sobre lo que es el prejuicio, me enseñaron a no utilizar palabras para insultar a la gente sobre la base de la raza, la etnia, el origen nacional, la religión ni la orientación sexual.

Pero, por haber escrito sobre raza y etnia durante más de dos décadas, no me sorprende en absoluto que una mujer blanca, nacida en Georgia en 1947, cuya visión del mundo probablemente fue forjada mucho antes de que Martin Luther King pronunciara su discurso “Yo tengo un sueño”, utilizara la “Palabra-N” en cortés compañía.

De todas formas, no se trata de una palabra, sino de cómo una persona está siendo tratada por medios conocidos por apresurarse a emitir juicios, caricaturizar a la gente según estereotipos regionales y criticar, con rencor, a figuras públicas que son ricas, famosas y exitosas.

Se trata también de la forma en que esa persona está siendo tratada por personas que ella calificaba como sus amigos, entre ellas las corporaciones que están reconsiderando su relación con Deen.

Las empresas tienen derecho a tener los socios que más les gusten y a distanciarse de los que podrían traer vergüenza a sus marcas. Pero toda corporación estadounidense debería convertir en máxima prioridad la contratación y promoción de un personal diverso. Y es ahí a donde vamos desde aquí. En toda industria, incluso en la mía, es fácil fingir ser liberales en asuntos de inclusión racial y justicia social, condenado a los demás. Pero es mucho más difícil enseñar con el ejemplo.

(Por: Rubén Navarrete/The Washington Post Writers Group)