Uruguay acaricia su techo con Avenatti

Juan José Lahuerta

Juan José Lahuerta

Uruguay, verdugo de España en cuartos del Mundial sub-20 de Turquía, acaricia su techo histórico, la final que disputó en 1997 en Malasia ante Argentina, gracias a un “gigantón” llamado Felipe Nicolás Avenatti, que con un certero cabezazo desde sus 196 centímetros acabó con el sueño de los chicos de Julen Lopetegui para alimentar las esperanzas charrúas de ganar el campeonato.

De las 24 selecciones que iniciaron el torneo el 21 de junio, en ninguna, salvo en Grecia con el portero Stefanos Kapino también con 1’96, hay un futbolista de la altura de Avenatti, que se ha hecho grande en Uruguay con su aparición heroica y determinante.

España no esperaba el testarazo del jugador del River Plate de Montevideo. A sus 20 años, consiguió, en su corta carrera, que su nombre sonara más que nunca. Tras saltar al campo en el minuto 98 para sustituir a Sebastián Cristoforo, aprovechó un despiste en el marcaje de Saúl Ñíguez en el 103 para desenredar una eliminatoria destinada a los penaltis.

Su salto fue potente. Se elevó por encima de toda la defensa española y su envergadura inalcanzable bastó para que su cabeza impactara con el esférico y eclipsará a Nicolás López, la estrella de Uruguay hasta el partido ante España. El delantero del Roma se rindió a la evidencia. Después de cuatro goles en su bolsillo, cedió todos los focos a su compañero.

“¿La verdad? Haber entrado en el tiempo extra y haber hecho el gol de la victoria ante un rival como España, ni lo había soñado. Esta victoria es de todos, de todo el grupo”, declaró Avenatti en el Atakürk Stadium de la localidad turca de Bursa.

Su felicidad era inmensa. Nadie podía quitarle una sonrisa de su cara. Avenatti había logrado arrancar para él un pequeño trozo de historia de Uruguay, un país con tradición futbolera. Su nombre todavía no puede equipararse al de Alcides Ghiggia, autor del famoso tanto de la victoria ante Brasil en el “Maracanazo” del Mundial de 1950.

Tampoco está a la altura de Juan Alberto Schiaffino, que hizo el primer tanto de Uruguay en aquel mítico encuentro. Ni puede hacer sombra a Diego Forlán, que comandó con sus goles la gran actuación del combinado charrúa en el Mundial de Sudáfrica, donde alcanzaron la cuarta posición. Ni llega a las figura de Dorado, Cea, Iriarte y Castro, autores de las cuatro dianas de la final de 1930 que elevó a los altares a la “celeste”.

Pero Avenatti dio pie con su cabezazo a que Uruguay pueda soñar con igualar a la mejor selección sub-20 de su país. Su mayor hito lo logró en 1997, cuando alcanzó la final que perdió ante Argentina en Malasia. En 1999, con Diego Forlán a las órdenes del técnico Víctor Púa, llegaron a las semifinales en Nigeria. Entonces, Japón frenó a Uruguay.

“Sentimos mucho esta camiseta. Tenemos orgullo por llevar una camiseta con tanta historia y ese es el plus que tenemos ante los demás equipos”, afirmó Cavenatti.

La penúltima ronda del Mundial espera al gran Cavenatti. La varita mágica ya ha tocado la puerta de un jugador con características similares a las de otros gigantones como el inglés Peter Crouch (2’01), el checo Jan Koller (2’02) o el hombre más alto que jamás jugó al fútbol, el chino Yang Changpeng del Shenzhen Fengpeng, que tocó techo con 209 centímetros.

Cavenatti queda lejos de esa altura. Pero de momento, en Uruguay puede ser encumbrado aunque sea en unas categorías inferiores. Un sólo instante vale para conseguir la gloria.

Contra España fueron segundos los que necesitó el delantero de Montevideo para que su nombre saltase a los medios de comunicación. “En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos. Todo el mundo debería tener derecho a 15 minutos de gloria”, dijo un día Andy Warhol. Cavenatti ya ha saboreado la fama. Y, con ella, Uruguay acaricia su techo. EFE