El caradura de San Diego

El alcalde de San Diego, Bob Filner, debería haber renunciado ante las acusaciones de por lo menos siete mujeres de haberlas acosado sexualmente. En cambio, permanece aferrado al poder con exigencias y excusas que todavía justifican aun más su retiro de este cargo.

La primera denuncia contra Filner por hostigamiento sexual desencadenó una ola de acusaciones de mujeres que dicen haber sido manoseadas, abrazadas y besadas por el político en distintas etapas de su carrera como congresista desde 1993 hasta la actualidad como alcalde.

Filner ha pedido disculpas en general y se ha embarcado en un tratamiento terapéutico por dos semanas. Al mismo tiempo, está pidiendo a través de su abogado que la ciudad le pague los costos legales para defender sus acciones privadas, ya que dice que no hay nada comprobado, y pasa la responsabilidad de sus actos a la ciudad porque Filner nunca recibió el entrenamiento laboral de acoso sexual que exige la ley.

Es difícil ser más cara dura que Filner. Hay quienes comparan este hecho con las indiscreciones del ex congresista Anthony Weiner. La gran diferencia es que la supuesta actitud del californiano es ilegal, mientras que la del neoyorquino es irresponsable hacia su familia y futuras ambiciones políticas.

Creer que una internación en una clínica va a resolver a los 70 años de edad la forma de actuar de Filner —y mitigar las acciones legales y políticas en su contra— es tan absurdo como pensar que la culpa del presunto acoso sexual cometido por el alcalde es culpa de la ciudad por no haberle dado el entrenamiento.

Filner se ha convertido en una desgracia para San Diego, tanto por su comportamiento como por su insistencia en permanecer en su cargo cuando nadie lo quiere.