Los jugadores tramposos

El castigo a 13 jugadores de béisbol que se doparon para mejorar su rendimiento es otro triste capítulo en la reciente historia deportiva nacional. Los héroes de ayer a emular son los tramposos de hoy a condenar .

El deporte profesional de alguna manera es el reflejo de la sociedad actual. Se valora el éxito individual a toda costa, se exalta ser número uno a toda costa, hasta que se conoce el secreto del ciclista que gana la Vuelta de Francia en repetidas ocasiones, del beisbolista que superó los récords de hits y la atleta que ganó numerosas medallas olímpicas. El exitismo mediático de la hazaña se derrumba ante la profunda desilusión del ídolo con pies de barro.

Las suspensiones de los beisbolistas por dopaje es un castigo merecido, pero la responsabilidad es compartida por mucha mas gente.

Los jugadores son los responsables de tomar el estimulante, su entorno —tanto su sindicato como los equipos— apañan de hecho esa ilegalidad mirando a otro lado. Mientras todos hagan dinero, no importa la trampa ni el daño que el jugado hace a su salud.

Las autoridades del béisbol de las Grandes Ligas ahora intentan poner orden después de haber hecho por largo tiempo la vista gorda a la invasión de esteroides en ese deporte. Mejor tarde que nunca, pero para erradicar el dopaje es necesario que los castigos sean ejemplares.

Por ejemplo, es importante que la penalidad tenga un efecto significativamente perjudicial en el equipo del jugador dopado, para que esa organización se preocupe de evitarlo, en vez de considerar todo esto como una parte más de las reglas no escritas del juego.

Hoy, quizá más que nunca, están a la mano las tentaciones ilegales para mejorar el rendimiento deportivo ante los atractivos millonarios. En este ambiente, los héroes a emular no son siempre los que más se destacan, sino los que no hacen trampas.