Una matanza que no fue

El martes pasado un joven, aparentemente con problemas mentales, entró a una escuela primaria de Georgia con un fusil AK-47 y una carga de 500 municiones. No hubo matanza porque Michael Brandon Hill prefirió atrincherarse en una oficina en vez de disparar contra niños y personal escolar.

Es un alivio el que no se haya repetido una tragedia como la ocurrida en Newtown meses atrás. Pero no es menos escalofriante el que una persona con antecedentes de enfermedad mental —que fue arrestado hace cinco meses por querer matar a su hermano— tenga el acceso a un fusil igual al utilizado en Connecticut y otros incidentes parecidos.

No es extraño que esto haya ocurrido en Georgia , uno de los estados con las leyes más laxas en la posesión y en el uso de las armas de fuego. El incidente en Newtown solo sirvió para que la mayoría de sus legisladores —estatales y federales— asumieran las posturas más extremistas en cuanto a resolver el fuego con más fuego. Incluso la ciudad de Nelson pasó una ordenanza exigiendo a sus residentes la propiedad de un arma de fuego con sus balas.

Lo de Georgia debería ser un ejemplo de extremismo en la interpretación de la Segunda Enmienda que permite las armas de fuego. En realidad no lo es. Son demasiados los estados más preocupados por defender el derecho de las armas que proteger la seguridad de sus residentes más indefensos.

Por fortuna, California sigue manteniendo una fuerte política regulatoria que se reforzará con un puñado de leyes a punto de ser aprobadas. Es más, es el único estado que intenta recuperar las arma de quienes ya no pueden tenerlas por algún motivo legal.

Lástima que nuestro estado sea una excepción a la norma. Mientras así sea, se repetirán las escenas de niños huyendo y de padres acongojados en la puerta de la escuela. Y, sabemos por experiencia, que muy pocas veces tiene un final feliz en estos casos como ocurrió el martes.