La sentencia de Manning

La condena de 35 años de prisión para el soldado Bradley Manning es un rechazo a la intención del Gobierno estadounidense de hacer un ejemplo del militar que filtró a la Wikileaks casi tres cuartos de millón de documentos.

No es que la sentencia sea menor pero sí es mucho más pequeña que la solicitud de la fiscalía de cadena perpetua, más de 100 años o incluso la posibilidad de una pena capital de comprobarse —tal como lo afirmaban los acusadores— de que había ayudado al enemigo, Al Qaeda, con esas filtraciones a la prensa.

Finalmente, la condena de la jueza Denise Lind superó en 10 años la oferta realizada por Manning quien expresó estar arrepentido y “de no comprender totalmente el amplio efecto de su acción”. Ella vio a un joven desilusionado con las acciones de su Gobierno, principalmente en Irak, por la sentencia otorgada en la práctica puede significar una libertad condicional.

Es indudable que Manning cometió un delito al revelar documentos secretos que perjudicaron la imagen de Estados Unidos. Pero eso es lo que ocurre cuando un empleado gubernamental denuncia públicamente irregularidades dentro del Gobierno, habiendo leyes que los protegen, aunque en el área militar es más complicado. Se sabe que nadie perdió la vida hasta ahora a raíz de esta filtración.

El caso Manning es una cuestión de conciencia, idealismo e irresponsabilidad. El castigo es necesario, aunque es totalmente condenable el maltrato a manos de los militares que recibió Manning con detención solitaria y desnudo.

Tanto Manning, como Snowden cometen delitos al romper la confidencialidad de un trabajo gubernamental. Sus acciones tienen impacto geopolítico, pero al final del día no se puede ignorar que ambos dieron a conocer información que la gente tiene el derecho a conocer sobre las actividades de su Gobierno.