Migrantes infectados de VIH sin saberlo regresan a casa

Algunos migrantespropagan la enfermedad luego del regreso a sus comunidades de origen por desconocimiento
Migrantes infectados de VIH sin saberlo regresan a casa
Ramón Ahumada, migrante con VIH muestra sus marcas.
Foto: Gardenia Mendoza / Laopinión

IRAPUATO, Guanajuato.— Ramón Ahumada salió del pequeño poblado de El Charco hacia Fresno tan inocente como regresó 20 años después de “probar” a la mujer en territorio estadounidense. Nunca se casó. Y cuando sus amigos lo alertaban de los riesgos de tener sexo con prostitutas él no escuchaba.

“No sé por qué”. Ni siquiera sabía que existían los condones, sólo buscaba a las chicas por California, Oregon o Washington, los tres estados donde cortó uvas, desboscó manzanos, recolectó fresas y calabazas hasta que se hartó y regresó a México para seguir con las mismas prácticas en el campo y en la cama.

Retozó sin protección por las ciudades de Tepic (Nayarit), Guadalajara (Jalisco), La Piedad (Michoacán) y propagó el virus sin saberlo pues se enteró hace poco que tenía sida en fase terminal con complicaciones de cáncer y le brotaron ámpulas oscuras en el cuerpo.

A un paso de la muerte no se arrepiente de sus aventuras, sino de que a sus 68 años nunca aprendió a leer. Cree que alfabeto hubiera dado más importancia a la aparición del virus del VIH y al uso del preservativo contra la propagación que hoy afecta a 180 mil mexicanos desde que se detectó el primer caso en 1983.

“Que Dios me perdone”, concluye entre lágrimas después de recibir información en la organización civil “Irapuato Vive”, que encontró en una muestra de 630 pacientes, que dos de cada tres infectados en poblaciones expulsoras son emigrantes.

El gubernamental Censida reconoce que los paisanos pertenecen a un grupo “altamente vulnerable” al virus de inmunodeficiencia adquirida principalmente por desconocimiento.

Juan José Villegas, de 37 años, no previó que ser infiel en una sola ocasión lo llevaría a la lista de infectados que regresan a México. Estaba en San Antonio, Texas, y se enredó con una afroamericana sin pensar en la esposa y los dos hijos que lo esperaban en Guanajuato. “Se me hizo fácil, nunca lo había hecho”.

El desliz quedó en el olvido. Y ahí seguiría de no ser porque ya en México, justo a la mitad de las jornadas de trabajo en el campo, perdía la visión o lo atormentaban las fiebres y la comezón en los genitales. El médico le detectó el VIH frente a su mujer que lo acompañaba.

Puedes irte, si quieres”, atinó a decirle él a su compañera. Pero ella decidió quedarse cuando la prueba dio negativa, un caso poco común aunque no improbable. Villegas se “quitó un peso de encima” porque no contagió a su pareja; sin embargo padece el temor que tiene ella de infectarse, aún con preservativo.

“A veces me rechaza”, confiesa el joven marido desde un sofá donde se hunde encorvado más por tristeza que por la enfermedad (su cuerpo es tan fuerte como el de cualquier persona sana, gracias al avance en los tratamientos retrovirales).

El repudio familiar es una constante que golpea a los migrantes que adquirieron el virus lejos de casa, aún cuando su responsabilidad económica haya sido irreprochable.

A Josefina Rangel sólo una de sus 10 hijos la visita desde que regresó a Irapuato con el VIH. No le creen que se infectó al cuidar enfermos terminales en Los Ángeles y la juzgan de “ligera” y “mala madre” por dejarlos con la abuela para trabajar como indocumentada cuando su marido se volvió alcohólico.

Josefina cuenta que en los primeros años trabajó en fábricas y jardinería, como limpiadora y niñera hasta que descubrió que al velar a desahuciados ricos se ahorraba dinero porque no pagaba transporte, comida ni renta de departamento.

“Una agencia me contactaba y yo los vigilaba siete días a la semana sin preguntar que tenían porque lo único que me importaba era el cheque para enviarlo a México”. describe desde la pequeña casa con jardín en el patio, la única propiedad que tiene a su nombre porque el resto está en manos de los hijos que hoy la evitan.

“Yo manejaba agujas y estaba en contacto constante con la sangre y por eso no sé exactamente quién o cómo fue”, dice.

Fidel Ramírez, de 45 años, al menos tiene el consuelo de saber qué pasó. Un gringo gay lo acosaba en Dallas y él cedió a cambio de un pago. “Me vendí”, acepta.

Después vino la neumonía, las pruebas, el acoso de las autoridades que buscaban la cadena de infección, el abandono de su mujer a quien le confesó por teléfono que tenía sida y su autodeportación para cuidar a sus hijos que se quedaron solos.

De eso hace 15 años. Los niños hoy son hombres con guapas esposas y Fidel sigue en pie, más entusiasta que nunca a lado de Rocío Ramírez quien después de la muerte de su marido infectado en la frontera creó la organización Irapuato Vive bajo un lema universal: “El VIH no discrimina”.