‘Lo único que ganamos es la satisfacción’

Organización de guatemaltecos es la única salvación para muchos
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‘Lo único que ganamos es la satisfacción’
Francisca Coronado, de la Unión de Guatemaltecos Emigrantes (UGE), ayuda a distribuir alimentos para las docenas de deportados desamparados que viven en "Las Alcantarillas".
Foto: La Opinion) Aurelia Ventura

“¡Ahí está mi gente!”, exclama Rosa Posadas como si hablara de familiares cercanos, mientras el vehículo en el que viaja ha tomado una vereda sobre el Río Tijuana. Abajo, alguien saluda levantando el brazo y otros se ponen de pie, ya reconocieron a quien les trae el almuerzo.

“¿Cómo es posible que a 200 metros de la gloria esté el infierno?”, exclama Posadas, de 56 años y quien esta mañana dirige a un grupo de guatemaltecos que ha venido desde Los Ángeles a alimentar y vestir a los deportados que siguen varados en “Las Alcantarillas”.

Es la quinta vez en 2013 que la Unión de Guatemaltecos Emigrantes (UGE), que ella preside, madruga para tender la mano a los desechados del gobierno estadounidense y olvidados del mexicano.

Integrado este sábado por cinco voluntarios, el grupo ya planea hacer una cena de Navidad con estos desamparados que quieren ir a Estados Unidos o sólo regresar a su tierra. Pero UGE tiene un plan más ambicioso: abrir un centro de rehabilitación y capacitación laboral.

“La primera vez que vinimos fue una gran tristeza”, cuenta Juan Barías, de 55 años y marido de Posadas. Aquella visita respondió a una invitación de la desaparecida activista Micaela Saucedo, quien defendió a los migrantes y personas deportadas en Tijuana.

Es mediodía en esta ciudad fronteriza y UGE ha llevado víveres al albergue que fundó Saucedo, la Casa-Refugio Elvira. “No bajen la guardia”, expresa Posadas a los nuevos encargados del centro.

La Unión de Guatemaltecos Emigrantes —que recibe apoyo en Los Ángeles de unos 22 miembros— brinda ayuda a quien la pida, pero la gente de “Las Alcantarillas” les ha robado el corazón.

“Hasta dan ganas de llorar por la miseria que se mira”, comenta Francisca Coronado, que les lleva comida, ropa y artículos de higiene personal.

No han faltado los viajes en que han pagado de su bolsillo los boletos de autobús a los que quieren dejar ese mundo de adicciones, miseria y abandono. Hace ocho meses rescataron a dos salvadoreños que no pudieron más. “Regresaron derrotados, pero sanos y salvos, fue una satisfacción”, cuenta Posadas.

Pero en otras ocasiones no han llegado a tiempo, como el caso de un salvadoreño enfermo al que enviarían a su tierra. Jamás lo volvieron a ver. Temen que haya ido a parar a la fosa común. “Muchos centroamericanos no saben si sus familiares están vivos o muertos, y están ahí”, dice Posadas.