Cambia el clima en inmigración

Cambia el clima en inmigración
HIspanos piden un proyecto de ley que ayude a los 11 millones de indocumentados a vivir legalmente en el país.
Foto: Archivo

Los titulares sobre migración pueden parecer insoportablemente duros: extranjeros que sufren ataques de neofascistas en Grecia, decenas de trabajadores domésticos en el corredor de la muerte en el Golfo, una campaña vulgar y cruel organizada por el gobierno británico para expulsar a los inmigrantes. Sin embargo, a pesar del sentimiento anti-inmigrante persistente y hasta en aumento en gran parte del mundo, están surgiendo señales prometedoras de un enfoque más iluminado frente a la migración.

Estados Unidos está en el centro de un intenso debate sobre una modificación de gran envergadura en materia de inmigración. Después de 25 años de una parálisis casi total, los legisladores norteamericanos están cerca de llegar a un acuerdo sobre reformas que permitirían que 11 millones de inmigrantes indocumentados obtuvieran la ciudadanía. Los cambios propuestos también convertirían a Estados Unidos en un imán de talento y creatividad provenientes de todo el mundo.

Los argumentos fiscales y económicos para una estrategia más liberal en el terreno de la inmigración han dado forma al debate en Estados Unidos. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, una entidad no partidaria, la legislación sobre la reforma del Senado, sancionada en junio, resultaría en beneficios fiscales por un valor de casi 1 billón de dólares en los próximos veinte años. Quienes la respaldan también señalan que fueron inmigrantes los que crearon el 28% de todas las nuevas empresas norteamericanas en 2011, aunque sólo representaban el 13% de la población.

Las voces tanto de las bases como de los defensores del establishment han sido igualmente decisivas. Los “soñadores” —hijos de inmigrantes criados en Estados Unidos pero sin un estatus legal— se han convertido en el rostro humano de la reforma. Los líderes empresarios, durante mucho tiempo temerosos de participar en un debate tan polarizado, finalmente se metieron en la pelea, con el argumento enfático de que la inmigración es crítica para la competitividad estadounidense. En parte gracias a todo este trabajo animado, el 72% de los norteamericanos, según una encuesta reciente de Gallup, hoy considera que la inmigración es un beneficio neto para el país.

Dada su historia, el liderazgo de Estados Unidos en el campo de la inmigración es natural. Alemania, en cambio, no es considerada, en términos generales, progresista en este terreno. Sin embargo, Alemania, con bastante discreción, ha hecho tanto como cualquier otro país en los últimos años para seducir a los extranjeros y reformularse como un país de inmigración. Un millón de personas se reinstalaron en Alemania sólo en 2012. Hoy, una quinta parte de los residentes de Alemania —y una tercera parte de sus niños en edad escolar— provienen de un contexto de inmigración.

En julio, Alemania desechó el 40% de sus reglas inmigratorias, reduciendo las barreras para los trabajadores medianamente capacitados, como los conductores de trenes y maquinistas. Para los trabajadores altamente calificados, sus leyes de inmigración están entre las más liberales de la OCDE. Y aun así el gobierno alemán estima que el país enfrentará una escasez de dos millones de trabajadores calificados para 2020.

Las recientes reformas no sólo buscan atraer inmigrantes, sino también ayudarlos a explotar su potencial. Alemania, por caso, tiene como objetivo ayudar a los extranjeros a que se les reconozcan sus calificaciones —para que, por ejemplo, los médicos no tengan que conducir taxis. Las instituciones públicas como la policía están contratando más inmigrantes. Un Acta de Diversidad, emitida en 2006 y originariamente respaldada por apenas cuatro compañías, ahora cuenta con más de 1,500 firmantes corporativos. Y el 4% de los candidatos en la elección parlamentaria de septiembre proviene de un contexto inmigrante, la proporción más alta hasta la fecha.

Otros países también se han montado al tren de la reforma. Los Emiratos Árabes Unidos han venido renovando sus leyes para mejorar las condiciones de vida de los inmigrantes y fortalecer la protección de sus derechos. Su activismo es digno de mención, considerando la actitud ignorante característica de otros países del Golfo, como Arabia Saudita. Brasil, por su parte, apunta a ganar competitividad haciendo que a los extranjeros les resulte más fácil inmigrar con sus familias. La lista de países reformadores está creciendo.

Aún más sorprendente es que se está avanzando en materia de nuevas normas internacionales. El Convenio sobre Trabajadores Domésticos, adoptado en 2011, entra en vigencia el 5 de septiembre, y promete extender las protecciones laborales a decenas de millones de los trabajadores inmigrantes más vulnerables. El tratado está cobrando impulso rápidamente, al haber sido ratificado recientemente por Alemania, Italia, Argentina y Sudáfrica, entre otros.

Todo este progreso llega en un momento oportuno. En octubre, sólo por segunda vez en su historia, la Asamblea General de las Naciones Unidas abordará el tema de la migración internacional. La primera cumbre de este tipo, en 2006, dio origen a una nueva institución de relevancia, el Foro Global sobre Migración y Desarrollo. En los siete años que transcurrieron desde entonces, el Foro ha ayudado a fomentar la confianza, el conocimiento y la cooperación entre los estados y otros actores.

La colaboración ha derivado en algunos logros sorprendentes. Los inmigrantes antes pagaban una tarifa de casi el 15% en promedio para enviar remesas a sus países de origen. Esta cifra ha caído a menos del 9% y, en algunos casos, prácticamente a cero, lo que debería ser el objetivo universal. Considerando que los inmigrantes remitieron 401,000 millones de dólares el año pasado sólo a países en desarrollo, este progreso está permitiendo que decenas de miles de millones de dólares lleguen a algunos de los hogares más pobres del mundo.

Sin embargo, hace falta emprender una acción más ambiciosa. Cuando se reúnan en las Naciones Unidas en octubre, los responsables de las políticas deberían armarse de valor y seguir el ejemplo de pioneros de las reformas en Estados Unidos, Alemania, los Emiratos Árabes Unidos y otras partes. Si un cambio profundo es posible a nivel nacional frente al populismo tóxico, debería producirse más fácilmente a nivel internacional, donde la cooperación genera más ganadores. (Los perdedores generalmente son malos actores: contrabandistas, traficantes, contratistas abusivos y empleadores explotadores).

Los estados no tienen que acordar sobre todos los aspectos de la inmigración para fijar una agenda para una acción común. No faltan problemas que enfrentar y oportunidades que aprovechar. Necesitamos controlar a los malos actores; eliminar la discriminación contra los inmigrantes; reducir marcadamente el tráfico de personas; aumentar el porcentaje de inmigrantes que trabajan a su máximo nivel de capacidades; despenalizar las violaciones a la inmigración; poner fin a la detención de niños migrantes; reubicar a los refugiados como miembros productivos de nuestras comunidades; y reducir la proporción de inmigrantes que carecen de derechos de residencia.

Algunos defensores de las fronteras abiertas estiman que un movimiento irrestricto a través de las fronteras podría duplicar el PBI global. Si bien un mundo sin fronteras es una idea política imposible, esa cifra sí apunta a la escala de las mejoras en el desarrollo que un sistema verdaderamente bien gestionado de movilidad global podría generar.

La reforma migratoria no es para los temerosos. Pero aquellos que quieren dejar su marca en una de las cuestiones más vitales del siglo XXI —y crear un mundo en el que los inmigrantes internacionales sean tratados equitativamente y con dignidad— la aprobarán.