Adiós al más grande

El destino acompaña a Mariano Rivera hasta su retiro
Adiós al más grande
Mariano agradece a los fanáticos que asistieron a su ceremonia de despedida en Yankee Stadium.
Foto: AP

NUEVA YORK (AP) — “¿Y qué tal si…?” Una y otra vez, Mariano Rivera tendrá la misma respuesta sobre esos momentos que marcaron el rumbo de su extraordinaria carrera en Grandes Ligas, despidiéndose como un mito.

“Las cosas pasan por un propósito”, recalcó Rivera.

Está lo del scout que en primera instancia le descartó al considerar que no tenía suficiente habilidad como bateador.

Pero un año después, cuando Herb Raybourn regresó a Panamá, el cazatalentos de los Yanquis tuvo el atino de evaluar otra vez a Rivera como pitcher, aprobó lo que vio y ahí mismo ofreció 2 mil 500 dólares para asegurar la firma.

Casi un cuarto siglo después, el monto acumulado de salarios devengados por Rivera como pelotero profesional supera los 169 millones de dólares

Está el momento en 1995 en el que los principales ejecutivos de los Yanquis se percataron que Rivera rozaba las 96 millas por hora. Su debut ese año no había sido auspicioso, al permitir cinco carreras y ocho hits en tres innings y un tercio en una apertura con los Angels de Anaheim. Poco a poco, con 10 aperturas y nueve apariciones como relevista, fue mostrando destellos de su capacidad que llamaron la atención de otros equipos.

En 1997, Rivera pasó a ser el cerrador fijo y ese también fue el año en el que durante una práctica junto a su compatriota Ramiro Mendoza descubrió la recta cortada o el “cutter”, el devastador lanzamiento que es su sello de presentación y con el que ha roto una voluminosa cantidad de bates.

Ser un cerrador en Grandes Ligas durante tanto tiempo y con éxito —la de 2013 es su novena campaña en la que alcanza los 40 rescates— es sencillamente impresionante.

Rivera reconoce que el único momento que siente nerviosismo es cuando está en el bullpen antes del llamado del mánager para entrar a lanzar.

“Una vez que tengo que trabajar, sé lo que tengo que hacer. Es una facultad que aprendí de pequeño y es ser competitivo. No hay manera diferente”.

Tampoco es que sea inmune a los fracasos, momentos en los que le tocó ser el vencido: el jonrón de Sandy Alomar (Indios de Cleveland) en los playoffs de 1997; el débil sencillo de Luis González que sentenció la Serie Mundial de 2001 en un séptimo juego para los Diamondbacks de Arizona; y el salvado desperdiciado ante los Medias Rojas en la serie de campeonato de la Liga Americana de 2004.

“A todos [los bateadores] los veo por igual, todos son una lucha. Sé que hay otros que son mejores que otros. No hay otra forma, y así se me hace más fácil, los ataco de la misma manera. En el momento en que yo piense que alguien no me puede hacer daño, ese el que me hará el daño. No puedo bajar la guardia”. 

Salvo el desgarro de la rodilla derecha que sufrió el año pasado cuando atrapaba elevados en los jardines durante una práctica previo a un juego en Kansas City, Rivera casi no tuvo ausencias prolongadas por problemas físicos.

A casi dos meses de cumplir 44 años, el secreto de su longevidad ha sido llevar una vida sana: “Nada de ir a bares. Tu cuerpo necesita tiempo para descansar, lo contrario le quita a tu carrera. Todo tiene su lugar y su tiempo. Yo no tomo, mi tiempo libre es pasarlo con mi familia y descansar”.

Perderse buena parte de la pasada temporada le permitió estar más tiempo junto a su esposa Clara y sus hijos Mariano, Jafet y Jaziel.

Su plan inmediato será completar una autobiografía que se publicará el año próximo. Se involucrará en el sistema de ligas menores de los Yanquis. También dedicarse de lleno a la iglesia en New Rochelle, la comunidad al norte de Nueva York donde reside, que renovó por más de 2 millones de dólares y en la que su esposa será pastora.

“Mi retiro será para descansar”, dijo el gran orgullo del puerto Caimito, donde ha fundado una iglesia y continuará invirtiendo dinero y tiempo para cumplir con un compromiso social.