Hablando se entiende la gente

La reforma migratoria pudiera estar en riesgo si Obama insiste en el proyecto del Senado demócrata, en vez de darle espacio a la Cámara republicana
Hablando se entiende la gente
El Presidente debe estar abierto a colaborar y negociar con el Congreso.
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Política

El pueblo americano en las pasadas elecciones volvió a elegir un Gobierno compartido: un presidente y un Senado demócratas y una Cámara republicana. Y al así hacerlo, enviaron un claro mensaje de que quieren que los políticos en Washington de ambos partidos dialoguen y negocien para lograr consensos para resolver los difíciles retos que enfrenta la nación.

El presidente Obama, sin embargo, no lo ve así. En una curiosa, pero conveniente, interpretación de la voluntad del pueblo, Obama asegura que su reelección significa que el pueblo aprueba todas sus políticas y que el Congreso no puede ni debe oponerse a ellas. Para el presidente, el tiempo para el debate se acabó y ahora el Congreso se debe limitar a poner en ley su agenda.

Obviamente, este argumento es absurdo. La elección de los republicanos es tan válida como la suya. Estos, por tanto, están en su pleno derecho al cuestionar sus propuestas y buscar alterarlas. Bajo nuestro sistema constitucional, ambas ramas políticas del Gobierno son “coiguales”. El poder ejecutivo no está por encima del poder legislativo ni el legislativo sobre el ejecutivo.

La arrogancia del Presidente y su falta de disposición a negociar estuvieron ciertamente en evidencia durante el reciente debate sobre las finanzas del país que provocó el cierre del Gobierno por 17 días. Reconozco —que quede claro— que los republicanos también tienen que asumir responsabilidad por este cierre. Su conducta, sobre todo al inicio del proceso, buscando quitarle toda financiación a la ley de refirma de salud del Presidente —la llamada “Obamacare”— fue prepotente y de confrontación y contribuyó grandemente a que no se creara un ambiente propicio a la negociación y el diálogo.

Pero, el Presidente asumió una postura aún más intransigente, dejando claro que él sencillamente no iba a negociar; que el Congreso le debía aprobar una resolución “limpia” para financiar el Congreso y aumentar el techo de la deuda sin imponer condiciones ni exigir recortes adicionales al gasto público. Los republicanos, por lo menos, estuvieron durante semanas ofreciendo distintas propuestas para llegar a un acuerdo; el Presidente de entrada cerró la puerta a la negociación. Cabe añadir que, contrario a lo alegado por la Casa Blanca, los predecesores del Presidente —demócratas y republicanos— siempre estuvieron dispuestos a negociar otros asuntos alrededor del presupuesto y del manejo del crédito del Gobierno.

El Presidente se molestó particularmente con el hecho de que los republicanos buscaran enmendar su plan de salud, como si esto, por el mero hecho de haber sido aprobado por un Congreso anterior, ahora no pudiera ser alterado por el Congreso actual. Parece que el Presidente se cree que las leyes de su autoría son intocables. Pues no, no lo son. De hecho, el Congreso en cada sesión enmienda docenas de leyes.

Además, en el caso del Obamacare, el propio Presidente ha hecho ajustes, aún sin tener el mandato legal para hacerlo, reconociendo que la ley tiene deficiencias. La Administración, por ejemplo, aplazó unilateralmente el mandato a los empleadores, que es una de las piezas clave de la legislación. ¿Por qué él puede proponer y hacer cambios y el Congreso no?

Un momento revelador en esta triste novela política ocurrió cuando el Presidente daba indicios de que finalmente estaba dispuesto a cambiar de estrategia y extendió una invitación al liderato republicano a la Casa Blanca para negociar. Fuentes de prensa de entero crédito informan que el líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, llamó al Presidente para que cancelara la reunión argumentando que era importante que ni siquiera dieran la impresión de que estaban dispuestos a negociar. El Presidente, en vez de ejercer su liderato, penosamente claudicó y la reunión fue suspendida.

Resulta irónico, pues, que el día después de que se reabriera el Gobierno, el Presidente le dijera a la prensa que estaba indignado con el partidismo en Washington y con las políticas de obstrucción y que era importante que lideres en Washington estuvieran abiertos al diálogo. El Presidente que rehuyó la negociación, ahora pontificaba sobre la importancia de la comunicación.

Si el Presidente persiste con su conducta políticamente antisocial, cerrada por completo al diálogo y a desarrollar relaciones estrechas de trabajo con legisladores de ambos partidos, el tranque en Washington continuará.

La reforma migratoria, que es tan importante para nuestra comunidad, pudiera estar en riesgo si Obama insiste en el proyecto del Senado demócrata, en vez de darle espacio a la Cámara republicana.

El Presidente parece no entender que los forjadores de nuestra nación no crearon una presidencia imperial; crearon un poder ejecutivo con poder limitado por la legislatura.

Para gobernar, por consiguiente, el Presidente debe estar abierto a colaborar y negociar con el Congreso, aunque no le guste. A final, hablando se entiende la gente.