Artistas de Boyle Heights van de grafiteros a muralistas

Artistas latinos de Los Ángeles embellecen con murales su vecindario

Artistas de Boyle Heights van de grafiteros a muralistas
'Necesitamos que la comunidad y la ciudad apoyen más en el arte latino', dicen los artistas urbanos.
Foto: La Opinión - Ciro César

Crecieron entre pandilleros, en complejos habitacionales donde merodeaba la pobreza y el grafiti era una forma de expresar su rabia, hasta que cansados de arrestos y cárceles decidieron pintar murales.

Algunos jóvenes del barrio Boyle Heights no solo dieron el paso de grafiteros a muralistas, sino que han encontrado en este arte público una forma de ganarse la vida.

A los 11 años, Roberto Cortez empezó a salir a la calle. “Era una forma de decir, aquí estoy, y a mí me gustaba dibujar en cartones desde niño, pero cuando vi el grafiti, decidí que era divertido”.

Pero esa diversión hizo que a los 15 años, agarrara su primera multa por vandalismo. Más tarde cayó en el reformatorio juvenil y estuvo en libertad condicional por 10 años. “Estuve pagando fianzas y llevando a mis papás a corte por años a causa del grafiti”.

Un día, Cortez tomó conciencia que ya no quería seguir fuera de la ley y que tenía una verdadera pasión por el arte. Así que cambió el grafiti por los murales y hasta abrió su negocio de rótulos comerciales.

La historia de Raúl González es muy parecida. Para este artista nacido y criado en Boyle Heights, el grafiti era una forma de desquitarse de los abusos de la Policía en el proyecto de residencias públicas Aliso Village, en donde vivía

“Me ayudaba a escaparme, desquitarme pero también a expresarme”, describe.

Tal desahogo artístico en la vía pública le costó que la Policía lo pescara al menos dos veces y le diera dos multas.

Como Roberto Cortez, Raúl González decidió dejar de ser un infractor. “Me puse a tomar clases de arte y negocios y descubrí que se podía ganar dinero pintando dentro de la ley. Y sobre todo lograr que nos valoraran”, recuerda.

En 1996, González hizo su primer mural en el complejo de viviendas públicas de Pico Gardens, y en 1998 creó su propia compañía Mictlan Murals y puso su estudio ES Studios.

Ha hecho murales para escuelas, empresas privadas, gimnasios, negocios, instituciones no lucrativas y hasta en las estaciones de Policía a las que tanto temía. Y no solo están en Boyle Heights, sino en Pasadena, Santa Monica, Phoenix, Tucson, Hawaii, y en México y El Salvador.

Estos coinciden en que se puede vivir del muralismo. “No con glamour pero sí para pagar las cuentas”, observa una muralista latina quien prefiere que la identifiquen como “Blossom”, su nombre artístico, ya que pasó cinco años en la cárcel por el vandalismo.

“Cuando salí libre, dije no más. No voy a regresar a rayar paredes”, dice “Blossom”, quien también tiene su negocio de rótulos y letreros DTLA Signs, que combina con sus murales y con la labor de enseñar a los jóvenes que se puede vivir y comer del arte.

Lo más importante, concuerdan todos, es que los jóvenes se dan cuenta de que el grafiti ilegal de las calles no dura, lo borran al día siguiente y puedes ir a la cárcel.