Un fallo que da vergüenza

Sociedad

Quizás uno de los males más terribles que sufre la sociedad es que hemos perdido la capacidad de sentir nuestra sangre hervir cuando nos encontramos frente a una injusticia. Vamos por la vida condoliéndonos solo por aquello que nos afecta personalmente, en especial si lo que sufre es nuestro bolsillo. Esto permite a los injustos y abusadores ir por el mundo cometiendo crímenes, violando las leyes, y destruyendo la existencia de sus víctimas con la seguridad de que con un poco de dinero y suerte sus acciones no serán castigadas.

Sin embargo, hay ocasiones en que nos encontramos frente a ciertos casos que pareciera que súbitamente nos hemos trasladado a una dimensión desconocida, a una suerte de Gobierno del Absurdistán dónde la lógica y el sentido común no sienten el peso de la gravedad y vagan inalcanzables en el espacio.

El 15 de junio de 2013, en el condado de Tarrant en Texas, el carro de Breanna Mitchell sufrió un desperfecto, en su ayuda acudieron Hollie Boyles, su hija Shelby, y Brian Jennings. Repentinamente un vehículo que circulaba a 70 millas por hora en una zona de 40 millas por hora embistió a las cuatro personas arriba mencionadas, matándolas. También sufrieron serias heridas al menos dos de los pasajeros de la camioneta que causó el accidente, y quienes actualmente se encuentran en estado de coma.

El conductor, Ethan Couch, de 16 años conducía con un nivel de alcohol en la sangre de 0.24, 3 veces el límite determinado por la ley, además se encontraron rastros de Valium en su sangre.

Pocos meses antes Couch había sido detenido por posesión y consumo de alcohol.Iniciado el correspondiente proceso judicial, los fiscales pidieron que a Couch se le aplicara una pena de 20 años de cárcel, pero sorpresivamente la jueza Jean Boyd decidió condenarlo a 10 años de libertad condicional y a ser tratado por su “disfuncionalidad” en un centro de rehabilitación privado pagado por sus padres a un costo de $450 mil anuales.

El argumento de los abogados de la defensa los va a dejar helados. De acuerdo a sus patrocinadores, Ethan Couch no debía ser responsabilizado por sus acciones por sufrir de “affluenza” [sic] una “dolencia” que le impedía entender la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal ya que sus millonarios padres habían satisfecho cada capricho de esta pobre víctima y jamás le habían fijado límites.

En otras palabras, el joven Couch es inocente por venir de una familia de ilimitados recursos financieros.

¡Por Dios, que alguien me diga si ya nos volvimos todos locos!

Me pregunto si el día de mañana cualquier joven sin recursos será tratado con la misma clemencia ante un caso similar. Al fin y al cabo, si podemos escaparnos de la justicia por “Affluenza”, ¿por qué no podríamos hacerlo también por “pobretonitis”?

La sociedad debe levantarse y exigir que esta injusticia sea corregida.