Reforma con transparencia

Petróleos Mexicanos (Pemex) es un importante símbolo de la soberanía nacional del vecino país. También es una petrolera cuyos malos manejos de larga data exigen cambios importantes en su operación para que pueda aprovechar su riqueza natural.

En este contexto debe verse la reforma energética impulsada por el presidente Enrique Peña Nieto en la cual se permitirá que empresas privadas se dediquen a la exploración y extracción de petróleo a cambio de un ingreso. Este producto, según el plan, pasará posteriormente a manos estatales que se encargarán de procesarlo y comercializarlo. De esta manera, la reforma no es una privatización de Pemex.

Esto significa que el Gobierno sigue siendo el responsable de administrar la petrolera que ha sido víctima de la rapacidad de administradores, sindicatos y Gobierno que consumieron las ganancias de Pemex sin reinvertir en su infraestructura. El cambio necesario no es solo privatizar una parte del proceso.

Igual de importante es la transparencia en las negociaciones con los inversores privados. La lamentable designación de Raúl Salinas de Gortari para dirigir las negociaciones —había gente capaz y menos controvertida para esa labor— exige más que nunca una claridad tanto en las pláticas como en el proceso a seguir. Al fantasma de la corrupción se le combate con un plan de acción detallado en sus puntos a cumplir y abierto en su accionar.

Pemex necesita cambios importantes para que México recupere su lugar como exportador de petróleo de acuerdo a su potencial. La reforma que se está aprobando en México, junto a una Administración más responsable es un buen camino. La cuestión es que el proceso tenga una transparencia extraordinaria para que la sombra de corrupción no le quite la credibilidad a un paso de esta relevancia.