Los hijos del sol

Era una noche fría de mi niñez en el bosque de lo que hoy es Alemania
Los hijos del sol
La vegetación baja era impenetrable.
Foto: Shutterstock

Burbujas

Allá por 1929, en mi segundo invierno en Prusia, nos llevaron, como último evento antes de las vacaciones decembrinas, a un lugar en un lomerío que orgullosamente llamaban la Suiza Prusiana (Märkische Schweiz) que de Suiza no tenía nada excepto, quizás, sus bosques.

Veinte estudiantes y dos maestros salimos del internado, a eso de las dos de la tarde. Cada uno llevaba su mochila en la espalda, su cantimplora con agua para el camino y una gorra que cubría las orejas, bufanda para el cuello, guantes, botas, y ropa interior de lana.

“Queremos que vean la naturaleza de noche en invierno” nos habían dicho el día anterior cuando nos habían informado quienes habíamos sido seleccionados como “voluntarios”. A mi me toco por ser “Naturkind”, título que me había ganado porque me gustaba la naturaleza y porque venia de un país, según ellos, medio salvaje. Y si me gustaba natura, pero no tanto como para pasar una noche en el exterior, con un frío bajo cero, en un lugar solo Dios sabe dónde.

Anduvimos por caminos sin nada importante que ver y contar hasta que penetramos al bosque. Recuerdo que había pinos gigantescos, hermanos de los minúsculos arbolitos de Navidad que empezaban a usarse en México. Estos gigantes, con sus ramas dobladas por el peso de la nieve acumulada eran un espectáculo bello arruinado por el frío, que mis compañeros decían no sentir, pero a mi me parecía mortal.

La vegetación baja era impenetrable con hierbas de todo tipo hasta como dos metros de altura, sin hojas, además de troncos y ramas caídas, todo cubierto de nieve y con estalactitas de hielo.

Marchábamos dejando nuestras huellas en la nieve nueva que crujía al pisarla. En el año que llevaba en Alemania aprendí que el alemán, excepto cuando anda solo, no camina, marcha, y no marcha sin cantar.

Huellas de animales cruzaban de un lado al otro el camino; las de conejos y liebres, las de venados, las de algún zorro, y una intranquilizante que parecía de lobo.

El vaho de 20 niños salía como humo de boca y narices y se desvanecía en el aire dejando minúsculas partículas de hielo en bufandas y abrigos.

No sé que horas serían pero empezó a oscurecer, cosa que en esa región sucede muy temprano.

Tras una eterna hora más de caminar llegamos a un claro donde nos esperaba un guardia junto al desvencijado portón de un galerón, con techo, columnas y chimenea central, pero con solo tres muros. Había filas de madera cortada para usarse en esa chimenea que el guardia encendió con alguna dificultad. El cambio de temperatura y las chispas que huían hacia arriba invitaban a una camaradería tranquila.

Un pequeño manantial de agua cristalina medio congelada brotaba a unos 50 metros del jacalón y los servicios estaban afuera bajo un techito cerca del portón. Había que salir……y con ese frío.

El bosque que nos rodeaba había cambiado de aspecto, ahora estaba envuelto en una débil neblina, su belleza se había vuelto amenazante, el mas débil viento producía ruidos raros como si alguien llorara, y hacia caer ruidosamente la nieve acumulada en las ramas. Pese a ello teníamos que salir al baño y por agua… la teoría alemana del endurecimiento de los sentidos con el frío me parecía odiosa. Yo lo que no quería era salir a esa impenetrable obscuridad congelándome.

¿Temor? No, ninguno tenía miedo… pero a todos se nos notaba.

Más tarde nos sentamos en círculo cerca de la chimenea y un maestro hizo una exposición…. Más o menos la recuerdo aunque fue hace 84 años…

“Ustedes están mal acostumbrados a las comodidades. Hoy aquí queremos que sientan un poco lo que pasaron celtas y germanos cuando vivían aquí rodeados de animales salvajes y todos los fantasmas de estos bosques. “

“Muchos siglos después todo esto dio lugar a los cuentos para niños de Grimm y de Andersen que reflejan supersticiones y miedos, y dos de los enemigos del hombre; la oscuridad y lo desconocido”

Tras eso cada uno de nosotros contó una anécdota de su vida con el tema de supersticiones y miedos. A mí me parecieron boberías, pero había que hacerlo. Me tocó, creo, el décimo lugar y no se me ocurría nada.

“Rudy, insistió uno de los maestros, platícanos algo de tu experiencia.”

Hice de tripas corazón y conté cosas importantes para mis 10 años: Odio el frío, dije. Si a ustedes les gusta, están en su tierra. Yo soy hijo del sol… En México los problemas con sol son menos. Mi madre me mando aquí y sabe que traigo el sol conmigo, espero que me dure, y no me gusta ese endurecimiento para aguantar el frío. Animales salvajes tenemos más que ustedes”.

Se hizo un largo silencio que se rompió cuando otro alumno hablo de su experiencia con un gato enfurecido y lo comparó con un tigre’.

Pasó la noche, una de las peores de mis 10 años de vida y amaneció nevando. Era una cortina cerrada de copos que hacían difícil ver… pero yo sonreía.

Uno de los maestros que caminaba a mi lado comentó: Veo que te gusta la nieve…No maestro, vamos a la escuela, ahí no hace frío.

Y quedó para la historia del internado que los mexicanos somos hijos del sol y ¡como lo extrañaba en esa desolación helada!

Twitter: @RCasparius