Difícil retorno a su país

Miles de salvadoreños batallan para sobrevivir al ser deportados
Difícil retorno a su país
Oscar Martínez Rodríguez (der.) tiene dos hijas pequeñas en Virginia y una esposa mexicana que también es indocumentada.
Foto: La Opinión - Róger Lindo

EL SALVADOR.— Tony Torres, de 28 años, es un salvadoreño atrapado. Lo deportaron de Estados Unidos, donde vivió indocumentado desde los 18, y desafortunadamente, el negocio de venta de pizza que emprendió aquí se ha varado temporalmente por escasez de fondos.

“Yo había salido con deudas a más no poder”, dice Torres del último intento que hizo por volver a los Estados Unidos, donde quedó su hija de tres años. La Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) lo capturó poco después de cruzar la frontera, y según las leyes de ese país, no puede intentar regresar hasta dentro de veinte años.

Inicialmente Torres se instaló en el departamento de San Vicente, donde le iba muy bien con su empresa, hasta que las maras (pandillas) del lugar le robaron y le hicieron la vida imposible.

Ahora se ha acomodado en casa de su padre, en La Libertad, con todo el horno y las bandejas para la fabricación de las pizzas que obtuvo gracias a un programa del Gobierno pagado con fondos canadienses. Igual que en San Vicente, vende sus productos a las cafeterías de las escuelas locales. Le gana 35 centavos a cada una de las 48 porciones que hornea en cada bandeja.

El problema es que no previó lo suficientemente bien que se iba a quedar inactivo en la larga temporada de vacaciones, cuando todos los planteles cierran, y el dinero que tenía para arrancar en 2014 se ha consumido en los gastos de mantener a una nueva compañera y a la hija de tres meses de ambos.

“Me he quedado sin materiales. Ahorita, si me buscan para hacer una pizza, no tengo con que comenzar”.

Para colmo, su padre, un militar retirado que luego se ha dedicado al comercio, tampoco tiene ingresos estables. La casa en que viven está hipotecada.

La situación de Torres ilustra los escollos de los repatriados a los que se les cierra la puerta de escape, así como la de sus familias.

“Hay salvadoreños que inician una nueva vida, pero la situación económica no es para decir este es un paraíso”, dice Ernesto Vilanova, presidente del Concejo Nacional de la Pequeña Empresa de El Salvador (CONAPES).

Después de todo, los que emigran buscan escapar de una economía fallida que no ofrece oportunidades de empleo. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), solo 20 de cada cien personas económicamente activas tienen acceso a “trabajo decente” en El Salvador.

Aun si los repatriados han adquirido habilidades laborales en los EEUU, esto no siempre se traduce en ventaja aquí. Un migrante que ganaba 14 dólares la hora trabajando en la construcción en ciudades como Los Ángeles, poco puede esperar aquí, donde el salario mínimo mensual en la industria ronda los 220 dólares.

“Ellos traen una visión diferente de los salarios”, dice Elsa Ramos, una investigadora de la Universidad Tecnológica (UTEC) que ha estudiado de cerca el fenómeno de las deportaciones. Esa visión se estrella con las realidades de El Salvador.

Aquellos repatriados que dominan el inglés y saben usar una computadora, explica Ramos, logran insertarse en la industria de los call-centers o centros de llamadas, donde la paga inicial ronda los 500 o 600 dólares, y que con las horas extras pueden llegar a los mil dólares. Se estima que las “maquilas de la voz” emplean aproximadamente a 18 mil personas en El Salvador, y esas compañías son voraces reclutadoras. Pero no todos pueden trabajar en un call-center.

César Ríos, director ejecutivo del Instituto Salvadoreño del Migrante (INSAMI) pinta la sensación de fracaso que acompaña a los repatriados: “Hemos visto personas que no quieren ni siquiera llegar donde su familia porque la frustración es tan grande que, después de haberlas mantenido por tanto años, de repente se encuentran sin nada en sus bolsillos, y empiezan a ser una carga”.

“El que retorna, en primer lugar, piensa en los hijos que dejó en los Estados Unidos. Si encuentra un trabajo, sus ingresos van a ser para enviarle dinero a sus hijos en Estados Unidos”. (Dijo que en algunas ciudades de EEUU, hay inmigrantes sin papeles que se preparan legalmente para la eventualidad de ser deportados: con documentos legales que contienen disposiciones que incluyen desde la manera de distribuir su patrimonio, hasta las suerte de sus hijos).

Ríos hace ver que el retorno forzado en regiones que, como el oriente salvadoreño, están recibiendo altos números de deportados, impone una “carga comunitaria” a esos lugares. Agrega que este impacto se extiende a toda la nación.

Cada día llegan aproximadamente 150 deportados al país. Entre 2009 y octubre de 2013, ha documentado el Departamento de Seguridad Interna (DHS), Estados Unidos ha devuelto a 97,600 salvadoreños.

En realidad, afirma Ramos, la mayoría de los repatriados intentarán regresar a lo que considera “el verdadero mundo del dólar”.

“Normalmente llegan a sus casas, descansan una semana o quince días y emprenden el viaje de nuevo”.

Entre el 50% y el 55% de las personas que ha entrevistado le aseguran que se regresarán de inmediato. Aun entre los repatriados que han tratado más de cuatro veces de llegar al Norte, arriba del 20% de los hombres —9.5% de las mujeres—, dicen que volverán a intentarlo. Y cita el caso de un migrante que había intentado 19 veces ganar el “sueño americano”, y aún así no se daba por vencido.