Nadie sabe nada

Nadie sabe nada
Se suponía que el PRI era autoritario y corrupto, pero cuando menos sabía imponer la paz, el desarrollo y la confianza.
Foto: Archivo

México

El mayor problema político de México es actualmente el desafío impune a la ley. No accidental o visceral, sino planeado, por vía armada o “pacífica”: el desacato, la ocupación de espacios públicos, el vandalismo, la extorsión, el secuestro, la trata de personas, el tráfico de drogas. El mayor problema económico es el estancamiento. El mayor problema social es el desánimo y la falta de confianza en las autoridades.

Frente a todo esto, los poderes públicos han sido omisos o desacertados, y no era de esperarse. Se suponía que el PRI era autoritario y corrupto, pero cuando menos sabía imponer la paz, el desarrollo y la confianza. El pacto del PRI con los mayores partidos de oposición y el asombroso consenso sobre las reformas necesarias parecían renovar la tradición interrumpida: responder a lo que esperaban los votantes que lo devolvieron a la presidencia.

O el PRI ya no es lo que era, o no sabe qué hacer en las nuevas circunstancias o nunca supo tanto como se creía. Desde luego, en los dos sexenios panistas no supo ser oposición.Y, antes, cuando tuvo plenos poderes y una amplísima aceptación nacional e internacional, perdió la brújula desde 1968.

El presidente Díaz Ordaz no supo qué hacer ante una protesta estudiantil que pudo atender, en vez de exacerbar. El presidente Echeverría enfrentó los problemas innecesarios creados por el desacierto criminal de Díaz Ordaz, pero tampoco supo qué hacer. El presidente López Portillo intentó resolver los problemas adicionales creados por Echeverría, y fracasó, a pesar de la abundancia petrolera.

El presidente De la Madrid tuvo el acierto de ver que el problema de fondo era la corrupción, y ofreció resolverlo. Cuando le preguntaron cómo, respondió: “Yo sé cómo”. Pero no sabía. Quiso cumplir la famosa Renovación Moral, y ordenó a su gabinete: Que al terminar este sexenio, no se hable más de corrupción. Y, en efecto, no se habló.

El presidente Enrique Peña Nieto y su secretario de Gobernación han tenido un éxito semejante en la guerra contra el crimen. Prometieron superar la mortandad con un cambio de estrategia. Y, en efecto, ya no sale en televisión.

El secretario actual de Hacienda también tuvo una ilusión: la de ir en caballo de hacienda, gracias al Pacto por México. Sacó del archivo muerto todos los ideales recalentados de la secretaría y se desbocó proponiendo medidas atropelladas, que no podían pasar en el Congreso y no pasaron, o pasaron a gran costo político.

Como si fuera poco, los panistas y perredistas tampoco han sabido qué hacer.

A los ojos de los votantes, lo que legitimaba su búsqueda del poder era el rechazo a la corrupción del PRI. Una vez en el poder, cobijaron a sus propios corruptos, destruyeron su capital político y ahora no saben qué hacer.

Es normal que la política mezcle el interés público con los intereses particulares. Pero una alineación convergente de fuerzas políticas requiere claridad sobre lo que es deseable y posible, y luego capacidad de ejecución. Cuando esto falta o falla, se produce un río revuelto de intereses donde no gana el interés público, sino los pescadores que andan detrás de lo suyo.