Con la mano negra

La historia del sargento Garzón lamentablemente se multiplica por Latinoamérica

Casi todas las Fuerzas Armadas de América Latina han tenido esa unidad cuya función es hacer acciones fuera de la ley.
Casi todas las Fuerzas Armadas de América Latina han tenido esa unidad cuya función es hacer acciones fuera de la ley.
Foto: Shutterstock

Al grano

El Sargento Bernardo Garzón es la prueba viviente de cómo los ejércitos de Latinoamérica han sido los brazos armados de los poderosos. Garzón, a quien conocí como Lucas, me salvó la vida varias veces siendo guardaespaldas cuando comencé a ejercer el periodismo en Colombia hace más de 30 años. Pero tras el rostro afable y protector él era un duro militar que trabajaba en una secreta oficina llamada “operaciones especiales” del Batallón “Charry Solano” en el sur de Bogotá.

Casi todas las Fuerzas Armadas de América Latina han tenido esa unidad cuya función es hacer acciones fuera de la ley: detener sin orden judicial (léase secuestrar), torturar y si es el caso, desaparecer los cuerpos.

La mayor parte de quienes integraban estas unidades fueron alumnos de la Escuela de Las Américas en Panamá, un centro de estudios militares dirigido por Estados Unidos, donde se les enseñaba prácticas de persuasión (tortura) y otros métodos represivos. Esa escuela es ahora el Instituto del Hemisferio Occidente para la Cooperación en Seguridad, con sede en Fort Benning, Georgia.

Fue ilustre discípulo de esas aulas, Otto Pérez Molina, hoy presidente de Guatemala, con un oscuro pasado en la guerra civil de su país y quien me aceptó en una entrevista que él era el famoso “Comandante Tito”, a quien han acusado de torturador.

También fue alumno el General Manuel Antonio Noriega, el dictador de Panamá, colaborador de la CIA, pero en otra faceta, ayudó a Pablo Escobar a narcotraficar libremente en el Istmo.

Volviendo a Colombia, recuerdo que un día de 1991 el Sargento Garzón se apareció en mi oficina de Univisión en Bogotá y me reveló secretos de la unidad de “operaciones especiales”. Él sabía exactamente qué pasó tras la toma del Palacio de Justicia, hechos que ocurrieron en noviembre de 1985, cuando guerrilleros del M-19 asaltaron a sangre y fuego el edificio. Aquella vez murieron más de cien personas.

En la operación de rescate, Garzón estuvo afuera del palacio identificando a insurgentes que salían camuflados entre los que salvaban. Al reconocerlos los llevaban a un lugar de tortura. Él conocía quiénes eran bandoleros porque estuvo infiltrado en el M-19. De esa “operación especial” hay por lo menos 10 desaparecidos.

Pero Garzón tiene conocimiento de muchos otros crímenes de Estado ocurridos en Colombia en la década de los 80, como lo revelo en mi libro “Prohibido decir toda la verdad”: candidatos presidenciales, líderes estudiantiles, guerrilleros activos y retirados.

Garzón, hábil para mimetizarse y disfrazarse, lo cual lo hizo por años invisible, lleva el gran peso de la verdad. Ha confesado y se ha retractado en dos ocasiones, amenazado por la mano negra que pretende encubrir esa época aciaga colombiana donde estarían implicados mandos militares y políticos. Llegó la hora de contar esa verdad porque Garzón fue capturado en Cali. ¿Dónde están los sargentos Garzón de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Panamá? ¿Hasta cuándo seguirán guardando el secreto de crímenes que cometieron en aras de la democracia y la defensa de las instituciones?