‘Vivir en la calle es terrible’

La recesión, los embargos y el alto costo de la vida genera el auge de indigentes en OC

‘Vivir en la calle es terrible’
Una mujer desamparada en el condado de Orange tiene como único compañero a su perro.
Foto: La Opinión - Isaías Alvarado

Una experimentada asistente de enfermera no pierde todo de un día para otro. Primero le embargan la casa, después eliminan su plaza del hospital, más tarde comienza a dormir en su auto y una fría noche, ya con la vergüenza en la bolsa, termina rodeada de indigentes.

“En un principio es muy difícil, pero conforme pasa el tiempo te acostumbras”, relata Rosa, quien desde hace cuatro años es uno de los casi 13 mil desamparados en el condado de Orange.

“Yo llegué aquí después de que perdí mi casa por embargo”, cuenta la originaria de Michoacán, que por 27 años trabajó en hospitales de la región y que hoy se gana unos dólares reciclando aluminio.

Cada mañana, como decenas de indigentes, Rosa se congrega en el Centro Cívico de Santa Ana para recibir comida, ropa y cobijas, todo eso que la crisis económica le quitó sin miramiento.

En una pestilente esquina de la explanada donde está la mayor parte del Gobierno de ese condado (ahí se ubica el tribunal donde hace unos días fueron absueltos dos policías acusados de provocar con golpes y descargas eléctricas la muerte de un vagabundo en Fullerton), una anciana alimenta a su perro.

Se llama Gloria Gutiérrez y hasta hace unos días —según ella— rentaba un apartamento, pero los $700 mensuales que recibe del Seguro Social no le alcanzan para pagar el alquiler. “Vivir en la calle es terrible es miserable”, dice. “Es como si alguien te viniera a tirar en medio de la nada”.

Los conteos indican que desde 2009 ha caído un 40% la cifra de personas sin hogar en Orange, algo que ve de manera diferente OC Rescue Mission, el organismo de su tipo más grande de la zona y que cuenta con nueve refugios.

“Nuestro plan es crecer porque la demanda no ha bajado, por el contrario, ha subido”, precisa su vocero Ryan Burris, quien lo atribuye en parte a la recesión. “Mucha gente ha perdido sus casas”.

En un camión nombrado “Chili Van”, el grupo sirvió 30 mil comidas en Santa Ana, Huntington Beach y Dana Point el año pasado. Pero tan grande es la necesidad que ya planean operar otro vehículo.

Sentado sobre su única pertenencia, una colcha, Eduardo Ortega, de 45 años, reflexiona sobre su vida. Él relata que nació en Los Ángeles, que no trabaja desde hace dos décadas, que hace poco dejó de tomar y que le descompusieron la quijada de un golpe traicionero.

“Dios me va a poner a alguien, un trabajo, una casa, una oportunidad o algo”, dice.

A unos pasos, Verónica y sus dos hijos —de uno y dos años— aparentan estar en un típico día de campo, aunque en realidad fueron a pedir comida y ropa. Ella recibe asistencia social, pero no le es suficiente para mantener a su familia, que está a punto de ser echada del cuarto que renta.

“Me duele venir a este lugar, no está bien para los niños”, reconoce la originaria de Tijuana. “[Pero] aquí me han dado la ropa que ellos traen, por eso vengo, por necesidad”, continúa.

En Orange, uno de los condados más adinerados de California, uno de cada cinco niños se va a la cama con el estómago vacío. En total, unos 400 mil residentes aquí pasan hambre.

En ese frío dato está la hija de Verónica, quien esta tarde, en un segundo de distracción de la madre, se acerca inocentemente a un desamparado. Verónica le grita de inmediato: “¡Maaama!”. La pequeña la voltea a ver, le suelta la mano al hombre y sigue jugando. Parece un día de campo.