Exabrupto entre EE.UU. y Guatemala

Pérez Molina pataleó públicamente porque EE.UU. condicionó ayuda al Estado de Guatemala a que indemnice a 6 mil familias desplazadas por la construcción de la hidroeléctrica Chixoy
Exabrupto entre EE.UU. y Guatemala
El presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina.
Foto: EFE

El presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, hizo noticia internacional otra vez. Este mes, durante la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en Cuba, rechazó el embargo económico que Estados Unidos impone a la isla. ¿Por qué el pronunciamiento? Sólo él lo sabe. Pero ocurrió después que Washington anunció que la ayuda a Guatemala continuaría bajo ciertas condiciones.

Dos años antes, en febrero de 2012, el presidente hizo olas cuando habló de discutir la despenalización de la droga (sin más detalles que el enfoque no punitivo para posesión para el consumo y los adictos). En marzo y junio del mismo año, el subsecretario antidrogas William Brownfield y el zar antidrogas Gil Kerlikowske de EE.UU. visitaban el país y rechazaban la propuesta del presidente, aunque reiteraban el apoyo con recursos para la región en el combate al narco.

¿Significa esto que Pérez Molina pretende ganar protagonismo? Juzgue usted. El presidente abanderó la despenalización entre quienes consideran a EE.UU. el detonante del narcotráfico, por ser el principal consumidor de drogas. Ahora, la Organización de Estados Americanos (OEA) realizará una asamblea general extraordinaria este año para definir “los lineamientos para el inicio de la discusión de la estrategia continental sobre las drogas” entre 2016 y 2020. Pero para entonces, Pérez Molina habrá dejado la presidencia, después de repetir incesantemente que 30 años de lucha antidrogas no han funcionado, pero sin explicar por qué: el laxo combate a la corrupción e impunidad.

Este mes, Pérez Molina pataleó públicamente porque EE.UU. condicionó ayuda al Estado de Guatemala a que indemnice a 6 mil familias desplazadas por la construcción de la hidroeléctrica Chixoy (entre 1978 y 1985). En 2010, se aprobó el plan de reparación de daños a las comunidades (con mediación de la OEA) con desembolsos anuales desde 2011 a 2020, que totalizan unos $153 millones, y que el Estado ha incumplido por falta de decisión en el Ejecutivo y el Congreso. Otra condición para Guatemala también es la resolución de 57 casos de adopción, con padres adoptivos estadounidenses. Los casos estaban en proceso, pero quedaron en el limbo cuando se aprobó la nueva ley de adopciones en 2007.

Pero ante eso, Pérez Molina anunció “yo no voy a dejar que me vengan a imponer cosas”, y señaló que Tim Reiser, asesor de Patrick Leahy, senador demócrata de Vermont, impuso el condicionamiento de la ayuda. El canciller guatemalteco, Fernando Carrera, denunció que un senador (suponemos que Leahy) le pidió al poder ejecutivo del país intervenir en el judicial, y que era imposible porque en Guatemala “había independencia de poderes”. ¿Pero imposible para quién? No hubo independencia judicial cuando Pérez Molina y la vicepresidenta Roxanna Baldetti le pidieron a dos jueces procesar al periodista José Rubén Zamora por extorsión y violación de la constitución, y de violencia contra la mujer. Los funcionarios querían frenar las acusaciones de corrupción en su contra, que consideran falsas y que publica El Periódico, diario que Zamora preside (salvo que en este caso procedía aplicar la Ley de Libre Emisión del Pensamiento).

Por aparte, EE.UU. tampoco acató una recomendación de la Corte Interamericana de Derechos Humanos de cerrar la cárcel de Guantánamo (en Cuba), por los abusos cometidos contra los reclusos. Pero eso no cambia la situación de Pérez Molina. A pesar suyo, EE.UU. sí puede exigir condiciones para la ayuda financiera que ofrece. Si Guatemala no acepta, debe buscar ayuda en otra parte. Si la encuentra.

Pérez Molina dice que favorecer a las familias desplazadas en el caso Chixoy implica desatender a otras, negando así los derechos de las víctimas. Su semblante sonriente (junto a Carrera), como el de otros mandatarios, para la protocolaria fotografía junto a Raúl Castro, también parecía obviar las violaciones a los derechos humanos en Cuba, silenciadas en la cumbre de la Celac.

Así, desde el inicio de su administración, el presidente guatemalteco se empeñó en sacar pecho con cortinas de humo que pronto revelan palabras vacías, contradicciones, y miopía diplomática. No hace falta ser un genio para saber que EE.UU. reaccionaría si un presidente, de un país por el que se trasiega cerca del 90 por ciento de la droga que llega a territorio estadounidense, se pronuncia en favor de discutir la despenalización de la droga. Si a eso se suma la crítica al embargo a Cuba, las cartas están echadas.

En este escenario, el presidente arriesga asistencia financiera que el Estado de Guatemala no puede obtener de otra manera, especialmente contra el narcotráfico y la violencia que éste genera. Por eso, Pérez Molina bien haría en guardarse los pronunciamientos de peltre que con el tiempo se descascaran, ceden ante la presión, desnudan la intención de su autor, y pueden hacer mucho daño.