Ajedrez para la suerte

Un amigo que me vio devastado por la derrota me regaló este consejo de Kipling: “Olvida tan pronto tu victoria como tu derrota”
Ajedrez para la suerte
Mi viejo amigo ajedrecista y yo coincidimos en que ese deporte regala momentos tan irrepetibles como el primer amor.
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Papeles

Mi mantra o conjuro para convocar la buena suerte consiste en arrancar el año hablando de ajedrez. El truco me ha funcionado. Lo hago en febrero, mes bonsái que se crece cada cuatro años. Es un mes que no tuvo infancia, como don Fulgencio. Tampoco niñez, como Homero Simpson.

Aprendí a jugar ajedrez a los quince años. Pessoa dijo que valió la pena vivir solo por ver pasar el tiempo. Yo diría que valió la pena vivir para jugar ajedrez. Por eso siempre regalo ajedreces… hasta en una boda. Este aperitivo para anotar que hace poco volví a ver a un colega en el jurásico juego. No nos veíamos las arrugas desde hace 45 años. Con él compartí jaques y mates en el Medellín de los años 60, la década en la que sucedió todo. Fuimos integrantes del equipo de ajedrez de la U de Antioquia en1966 cuando jugamos un campeonato nacional universitario en Barranquilla.

Quedamos segundos. Desde entonces supe que el segundo es el primero de los derrotados. Con los segundos pasa como con los vicepresidentes: la historia no los recuerda. Salvo en Estados Unidos, donde muchas veces los vices hacen el tránsito a titulares.

Mi viejo amigo ajedrecista y yo coincidimos en que ese deporte regala momentos tan irrepetibles como el primer amor. O el último, que siempre es el primero… Por eso escribimos sobre nuestro juego, para interesar así sea a una sola persona.

También nos depara mucho de frustración, entendida esta como la cara oculta del éxito, si aprendemos a capitalizar los reveses. Empecé bien el año pese a que a principios de febrero sufrí una primera aparatosa derrota en ajedrez en una partida que jugué contra mi viejo profesor, don Jaime. Fue una partida rara como la mirada de un voyerista. O el carrizo de un papa. Abandoné el salón donde nos mechoniamos con el bobo alborotado, quedé como acabado de salir de vespertina.

P’acabar de redondear, cuando pasé por el parque del pueblo por poco me condecora una paloma “desde la comba altura”. Pensé coger un bus a cualquier parte para rumiar mi derrota. Me sentía vecino de ninguna parte. Pensando pensamientos llegué a una conclusión que tímidamente me atrevo a revelar: mi rival me enyerbó. O me echó algún polvito. (Escrito está: desde que las disculpas se inventaron el gato no come queso).

A sus ochenta y pico de años, don Jaime nunca perdió la calma. De pronto se puso más cacheticolorado que de costumbre. Deduje que lo tenía contra las cuerdas. No había tal. Me aplicó toda la maquinaria, incluida una extraña pregunta: ¿Será que está lloviendo en Cafarnaún? Caí en la trampa, me distraje, y empecé a jugar ajedrez con la estrategia de un jugador de billar. Un amigo que me vio devastado por la derrota me regaló este consejo de Kipling: “Olvida tan pronto tu victoria como tu derrota”.

Bueno el consejo. Sobre todo si lo que hay que olvidar pronto es la victoria. La derrota es más difícil de batutear. Le cambié la enseñanza de Kipling por esta de Greta Garbo que suelo repetir: para ser felices hay que tener buena salud y mala memoria. No me queda otra alternativa que olvidarme de mi primera paliza del año. Y pedir revancha. Téngase fin, maestro.