Debilidades de gobiernos autoritarios

En Venezuela, la oposición denuncia que la televisión estatal no ha cubierto ni un minuto de las protestas y la violencia estatal.
Debilidades de gobiernos autoritarios
Miembros de la policía venezolana tratan de frenar una marcha de los estudiantes ayer en las calles de Caracas.
Foto: EFE

¿Camina el gobierno de Venezuela sobre la cuerda floja? Sí y no. Desde el siglo pasado, la politóloga alemana Hannah Arendt explicó que una administración autoritaria es la más frágil, porque no tiene respaldo popular. Entonces, depende del uso de la violencia, o a la amenaza de utilizarla, para reprimir cualquier revuelta popular. Carece de legitimidad o el poder que el pueblo le da a un gobernante vía elecciones libres, porque cree que representa sus intereses. Y cuando el pueblo reclama, recibe una respuesta de violencia represiva.

Lo decía Arendt: “a menor legitimidad, mayor uso de la violencia”. También hace unas cuatro décadas, el politólogo estadounidense Ted Gurr respondió a la pregunta “¿por qué los hombres se rebelan?” con su “teoría de la privación relativa”. Gurr explicó así por qué una persona con necesidades básicas insatisfechas se rebela. Que un líder político aproveche (o no) ese descontento colectivo, determina si la revuelta se disuelve, o se convierte en una revolución que sacude o hunde al gobierno.

Le ocurrió a Anastasio Somoza en Nicaragua, a fines de los años 70, con la Revolución Sandinista, y a Fulgencio Batista en Cuba a fines de los años 50, con la Revolución Cubana. Algunos aspectos del caso venezolano ubican al presidente Nicolás Maduro en esa ruta, aunque requiere otros factores.

Un análisis de National Public Radio estima que Maduro no caerá porque controla al Ejército y la Policía, pero la supervivencia de un gobierno totalitario (administrado por civiles de izquierda o derecha, o militares) también depende de su dominio sobre el poder político, económico, y la comunicación interna. Esto explica la permanencia de los hermanos Castro en el poder en Cuba. Además, los Castro llegaron al poder porque la insurgencia cubana también tenía poder bélico-militar, porque Batista no monopolizó la violencia y carecía de respaldo popular. Lo mismo le ocurrió a Somoza, bajo quien la élite económica (que también controlaba el poder comunicacional) compartía los mismos intereses que los Sandinistas (el poder militar alterno), y los movimientos populares: derrocar a Somoza. Ayudó que la comunidad internacional luego reconoció al gobierno sandinista.

La teoría política explica que un dictador monopoliza el uso de la violencia (vía la Policía y el Ejército), soborna al sector privado (o le quita colmillos y posibilidades de alianzas con la oposición política), y controla los medios de comunicación (privados y estatales). Eso, cuando la Internet no desbarate ese esquema. En Venezuela, la oposición denuncia que la televisión estatal no ha cubierto ni un minuto de las protestas y la violencia estatal. Pero lo hicieron los medios extranjeros y las redes sociales. Aunque hay quienes acusan a la oposición de usar imágenes falsas, tomadas en otras partes del mundo, por cada una de esas hay otras imágenes que sí desnudan la realidad venezolana.

Maduro controla el uso de la violencia estatal, el poder político-gubernamental y cuanto sobrevive del poder económico (con uno de los más altos índices de inflación en el mundo). Pero su talón de Aquiles es la comunicación al exterior de Venezuela: que muestra a los venezolanos hartos de tener uno de los más altos índices de homicidios del mundo (79 por cada 100 mil habitantes), y una economía asfixiante (un país endeudado, sin divisas, donde escasean desde el papel higiénico y la leche, hasta los repuestos de vehículos porque no hay dólares para comprar piezas, y los vuelos comerciales, porque las aerolíneas temen la falta de garantía de pago).

¿Pero esto basta para botar a Maduro? Probablemente no. El gobierno deja a la oposición política sin recursos para cambiar la suerte del país, que ya sufrió cinco muertos (uno más, era simpatizante del gobierno). En 1989, con Carlos Andrés Pérez como presidente, el incremento en los precios del combustible y el transporte público, entre otras medidas (ante la caída de precios de petróleo en los años 80 y una breve mejoría al final de la década), causó protestas callejeras que dejaron cientos de muertos a manos de fuerzas del Estado. Los abusos continuaron cinco años más. Pese a dos intentos de golpe de Estado, Pérez dejó el cargo hasta 1994.

Irónicamente, Hugo Chávez (con quien Maduro fue vicepresidente) fue encarcelado por participar en uno de los intentos de golpe. Le excarceló Rafael Caldera (sucesor de Pérez), de quien Chávez recibió la presidencia en 1999. Ahora Maduro, sucesor de Chávez, lleva al país al mismo abismo en que Pérez lo sumió hace 15 años. Y el gobierno de Venezuela vuelve a caminar sobre la cuerda floja. ¿Pero caerá? Sólo un conjunto de factores internos y externos—como en el caso de Nicaragua, por ejemplo—podría determinarlo.