Salvadoreña con 80 años aún trabaja en el centro de LA

Cada vez hay más personas obligadas a laborar a una edad avanzada
Salvadoreña con 80 años aún trabaja en el centro de LA
Rosa Calderón vende agua, sodas, baterías y audífonos, y hasta globos de San Valentín, sobre la calle Los Ángeles del centro.
Foto: La Opinión - Aurelia Ventura

A sus más de 80 años, Rosa Calderón se gana la vida como vendedora ambulante en el centro de la ciudad. “¿Qué le damos, va a llevar agua, una soda, unas baterías, unos audífonos, cargadores para el carro?”, grita a los transeúntes.

De lunes a domingo, sin un día de descanso, permanece de pie de 10:00 de la mañana a 5:00 de la tarde sobre la banqueta de la calle Los Ángeles, entre las calles 5 y 6 en el centro.

Si llueve, se refugia sobre la cubierta de alguna tienda, y agrega a sus productos, la venta de paraguas. Si el frío arrecia, “vendo gorros”, dice soltando una sonrisa. El 14 de febrero añadió a su oferta, los globos de corazones.

Calderón salió de El Salvador huyendo de la guerrilla después de que le mataron a un hijo durante la guerra civil de ese país en la década de los 80s. Vivió un tiempo en México y hace 14 años emigró a Estados Unidos. Se quedó amparada por el Estatus de Protección Temporal (TPS) y trabajó como niñera y limpiando casas. Hace cinco años dejó de ser nana para dedicarse a la venta en las calles.

“De aquí sale para mi comida y pagar el cuarto que rento”, dice. “En días malos sacó 10 dólares, y en los buenos, como los sábados, 25 dólares. Es cuando me pongo muy contenta”, comenta esta vendedora bautizada con el apodo de “La Morralito”, porque durante mucho tiempo vendió bolsas grandes.

De su casa en el Sur de Los Ángeles, camina unas cinco cuadras empujando un pesado carrito, cargado de las botellas de agua y sodas hacia la parada de autobuses. “Si ven el carrito muy lleno, algunos choferes no me quieren subir”, dice.

Pero el mayor desafío que enfrenta en su diario peregrinar por conseguir el sustento diario, es escapar de los policías.

“La gente me avisa cuando va a pasar el policía. Yo guardo rápido mis cosas y hago como que camino”, cuenta.

A veces los agentes le dan una advertencia de que no puede vender en las aceras porque es ilegal. En tres ocasiones la han arrestado, y ha tenido que dormir en la comandancia. “Si pago 100 dólares por la fianza me sacan libre en el mismo momento. Más aparte hay que pagar una multa”.

Calderón se ‘hace la que la Virgen le habla’ cuando se le pregunta por el año de su nacimiento. Se queda muy pensativa. Lo que sí responde rápidamente es que nació un 20 de mayo. Su mejor amiga Berta Arce, una inmigrante peruana que ronda los 70’s dice que, “la viejita tiene 85 años, es de madera antigua, lleva una vida sana, nunca ha usado drogas, alcohol, no tiene ningún vicio. Puro trabajo”.

Abona al Seguro Social 300 dólares al año cada vez que hace su declaración de impuestos. “Para calificar me faltan como seis años y me darían lo mínimo. No podría vivir”, dice un tanto desilusionada.

Por eso, no tiene la menor idea cuándo dejará de trabajar en las calles. “Hasta que me enferme, o me muera. Por ahorita estoy muy bien, fuerte. Aunque a veces me siento mal”, reconoce mientras alza la voz invitando a los caminantes a tomarse una soda, o apagar la sed con una botella de agua.

Esta octagenaria forma parte del cada vez numeroso grupo de personas que tienen que trabajar en edades avanzadas.

Según el Buró de Estadísticas del Trabajo de este año, la tasa de participación en el empleo de las personas entre los 65 y 74 años era de 20.4% en 2002 para el 2012 alcanzó el 26.8%. Se estima que para el 2022, ese promedio aumentará 31.9%. Incluso se proyecta que el promedio de las personas mayores de 75 años que trabajan aumentará de 7.6% en 2012 a 10.5% para el 2022.