‘Aquí me he sentido vivo’

Estilo de la bajada
‘Aquí me he sentido vivo’
Francisco M. (der.), residente de Laguna Niguel, trabaja en un restaurante durante su rehabilitación.
Foto: La Opinión - Aurelia Ventura

Durante la mitad de sus 30 años, Francisco se metió de todo: “coca, mota, tachas, heroína, cristal”, lo arrestaron 25 veces por drogas, lo expulsaron de varias escuelas y perdió muchos trabajos.

Pero su vida se hundió aún más cuando su mejor amigo, Joshua David Chambers, de 25 años, murió por sobredosis. Antes de tomarlo como una advertencia, él bajó unas semanas al infierno.

“Estaba consumiendo más pesado: dos, tres veces al día, heroína y cristal, inyectándome las dos”, dice Francisco, residente de Laguna Niguel.

Deprimido y hundido en la drogadicción, una mañana él se desconoció frente al espejo del baño. “Me di cuenta en lo que me había convertido y no me gustó”.

Y lloró como un niño y le pidió ayuda a su madre. Le dijo que no podía solo, que estaba listo para ingresar a un centro para drogadictos, el que fuera, el tiempo que requiriera.

El 24 de noviembre Francisco entró a la clínica “Nuevo Ser” en Playas de Tijuana, donde volvió a encontrarle sentido a su vida. “En estos tres meses me he sentido vivo, mucho mejor. Estoy agarrando vuelo. No sé cuándo me voy a ir, por hoy estoy feliz, tranquilo”.

En sus más de 90 días de sobriedad, él también aprendió a entender a sus padres. Ahora, cada domingo, el día en que tiene permitido salir, los dedica a ellos, los escucha y les comparte sus experiencias.

“Puedo escuchar a mi papá sin pensar: ‘¡Ya cállate!’, dice el joven, quien se recuerda ausente de los convivios familiares por las drogas. “No sé desde cuando no veía una película con mis papás”, celebra.

Doris Valdenebro, su terapeuta, explica que los adictos no aparecen de manera espontánea. “Son síntoma de una problemática familiar, donde prevalece la falta de comunicación, comprensión y respeto”. Ella lamenta que muchos padres solo “boten” a sus hijos en las clínicas y no les apoyen.

Los de Francisco, quien ahora quiere estudiar diseño gráfico, no le han soltado la mano. Cada fin de semana lo vienen a visitar a Playas de Tijuana, su nuevo lugar favorito.

Su amigo Joshua siempre está en su mente. Las iniciales de su nombre completo, JDC, están tatuadas en su muñeca derecha. Era, dice él en tono de broma, “su cómplice en la delincuencia”.