Californianos ‘limpian’ sus adicciones en Tijuana

Residentes de California, hijos de migrantes mexicanos son internados en centros de rehabilitación para drogas al otro lado de la frontera debido a que los costos son menores
Californianos ‘limpian’ sus adicciones en Tijuana
Gabriela S., una residente de San Diego con cuatro meses de embarazo, muestran las pruebas de ultrasonido mientras se rehabilita de su adicción a las drogas en la Clínica Medio Camino de Playas de Tijuana.
Foto: Aurelia Ventura / La Opinión

TIJUANA, México.— Los ultrasonidos de Mia Belle bendicen los días en sobriedad de Gabriela, de 18 años.

Con su embarazo, producto de una violación tumultuaria, la joven de San Diego tocó fondo y ahora trata de superar su fuerte adicción a las drogas en una clínica de rehabilitación de Playas de Tijuana.

Ella fumó su primer cigarrillo de marihuana en la secundaria. A los 17 la atrapó la heroína. Vendió todo, hasta su cuerpo, para conseguir las dosis. “Yo trabajaba para droga”, cuenta con una serenidad que no cambia incluso al hablar de la posibilidad de que su hija pague sus errores.

“Tengo esperanza que estando fuerte yo voy a criar a mi niña sin ese problema o al menos saber cómo manejarlo cuando llegue”, dice la muchacha de anteojos.

A finales de noviembre, recién detectado su embarazo, sus padres la trajeron a la clínica “Nuevo Ser”, una residencia a la orilla del mar que por veinte años ha tratado a californianos con alcoholismo, drogadicción, bulimia, anorexia, ingobernabilidad y hasta adicción al juego.

Actualmente, cuatro de sus ocho pacientes vinieron del otro lado de la frontera. En la casa “Medio Camino”, una extensión de la clínica que los prepara para reintegrarse a la sociedad, la mitad de sus 22 internos radica en Estados Unidos. Ahí está Gabriela desde hace dos meses.

“Como a la marihuana le están metiendo sustancias químicas llegan muy psicóticos”, dice el consultor Héctor Bernal. “Algunos han llegado a hacer cosas muy feas, han estado en la cárcel”.

Eligen este lugar por dos razones: cobra menos que los centros de EEUU (allá los tratamientos valen hasta $50 mil dólares) y acepta enfermos sin tener su consentimiento. En California se considera un secuestro.

Muchos son traídos con engaños: les prometen un paseo en la ciudad de Tijuana y los dejan internados. Los “involuntarios”, como les llaman, son enviados a la clínica “Regreso a la Vida” de Rosarito, un lugar fuertemente resguardado que no sabe de fugas.

“Tu adicción no te permite tomar decisiones racionales, ante la ley [mexicana], y por eso alguien más las toma por ti y te interna”, explica Antonio Marchina, su coordinador de publicidad y ventas.

Los familiares que no tienen papeles entregan a los pacientes en San Isidro, aunque los especialistas también van por ellos a sitios más lejanos. Hace poco trajeron un adicto de Utah.

En esos casos se organiza una “intervención en crisis”, una sesión en la que familiares y amigos tratan de hacer entender a la persona que necesita ayuda profesional, pero pueden fallar. Si se realiza en México sólo hay una opción. “Hacemos labor de convencimiento, si quiere nos lo traemos, sino quiere… pues también”, señala Marchina.

Terapias, meditaciones, consejería, yoga, actividades deportivas y medicamentos que reducen la ansiedad, se encargan de la “limpieza” de los adictos, un proceso que dura 35 días o incluso dos años.

Las familias participan en la recuperación con visitas semanales y sesiones en el lugar donde viven.

“Buscamos que salgan fuertes emocionalmente”, dice Ricardo Vega, director de “Medio Camino.

En una panadería de Playas de Tijuana, Javier, de 28 años, aprende a enfrentarse al mundo real. Por diez años vivió en uno imaginario, creado por las drogas. Parte de la recuperación es que los adictos trabajen unas horas en negocios cercanos. La paga suelen ser cigarros, sodas o palmadas en el hombro.

Javier ya lleva ocho meses en rehabilitación. “Siento que apenas voy despertando”, dice el residente del Valle Imperial, cuya adicción lo dejó insomne. “Ya puedo mirar a mi mamá a los ojos”, asegura.

Gabriela no pierde de vista el motivo de su sobriedad: Mia Belle. Seis tiras de ultrasonidos adornan su cama. “Es lo último que veo en las noches y lo primero que veo en las mañana”, dice sonriendo.

La gran oferta de centros de tratamientos de adicciones en Tijuana sólo se entiende por la cercanía con Estados Unidos, el más grande productor de consumidores de drogas del mundo.

Con la reciente apertura de “Baja del Sol”, propiedad del ex boxeador Julio César Chávez, son cinco las clínicas profesionales en esa ciudad que atienden el abuso de sustancias, además de los distintos centros que ofrecen servicios no tan especializados y a menor costo.

Estos lugares son criticados porque no dan un trato digno a los pacientes, no tienen expertos y sólo se enfocan en la “contención”, impedir por cualquier medio que la persona se drogue.

“Hay lugares donde en vez de doctores tienen veterinarios, donde ‘ah, no quieres aprender, pues no te doy de comer’. Los golpean, los amarran, maltratan, duermen diez personas en un cuarto de este tamaño [una oficina pequeña]”, dice Antonio Marchina, representante de la clínica “Nuevo Ser”.

Sólo en Sacramento, la cantidad de varones arrestados que dieron positivo por consumir cristal, como también se le conoce, creció un 43%, de acuerdo al estudio de la DEA.

En la inauguración de su clínica, en la carretera de cuota Tijuana-Rosarito, Chávez, un drogadicto en recuperación, dijo que no es vista como un negocio, sino como la oportunidad de asistir a otros. “Es un proyecto de vida que sirve para ayudar a gente con adicciones, cualquier adicción”, dijo a la prensa.

Durante la mitad de sus 30 años, Francisco se metió de todo: “coca, mota, tachas, heroína, cristal”, lo arrestaron 25 veces por drogas, lo expulsaron de varias escuelas y perdió muchos trabajos.

Pero su vida se hundió aún más cuando su mejor amigo, Joshua David Chambers, de 25 años, murió por sobredosis. Antes de tomarlo como una advertencia, él bajó unas semanas al infierno.

“Estaba consumiendo más pesado: dos, tres veces al día, heroína y cristal, inyectándome las dos”, dice Francisco, residente de Laguna Niguel.

Deprimido y hundido en la drogadicción, una mañana él se desconoció frente al espejo del baño. “Me di cuenta en lo que me había convertido y no me gustó”.

Y lloró como un niño y le pidió ayuda a su madre. Le dijo que no podía solo, que estaba listo para ingresar a un centro para drogadictos, el que fuera, el tiempo que requiriera.

El 24 de noviembre Francisco entró a la clínica “Nuevo Ser” en Playas de Tijuana, donde volvió a encontrarle sentido a su vida. “En estos tres meses me he sentido vivo, mucho mejor. Estoy agarrando vuelo. No sé cuándo me voy a ir, por hoy estoy feliz, tranquilo”.

En sus más de 90 días de sobriedad, él también aprendió a entender a sus padres. Ahora, cada domingo, el día en que tiene permitido salir, los dedica a ellos, los escucha y les comparte sus experiencias.

“Puedo escuchar a mi papá sin pensar: ‘¡Ya cállate!’, dice el joven, quien se recuerda ausente de los convivios familiares por las drogas. “No sé desde cuando no veía una película con mis papás”, celebra.

Doris Valdenebro, su terapeuta, explica que los adictos no aparecen de manera espontánea. “Son síntoma de una problemática familiar, donde prevalece la falta de comunicación, comprensión y respeto”. Ella lamenta que muchos padres solo “boten” a sus hijos en las clínicas y no les apoyen.

Los de Francisco, quien ahora quiere estudiar diseño gráfico, no le han soltado la mano. Cada fin de semana lo vienen a visitar a Playas de Tijuana, su nuevo lugar favorito.

Su amigo Joshua siempre está en su mente. Las iniciales de su nombre completo, JDC, están tatuadas en su muñeca derecha. Era, dice él en tono de broma, “su cómplice en la delincuencia”.