Adiós a las comas

La cresta de la lengua

La lengua siempre es noticia cuando se pone el oído, o la vista. El profesor McWhorter, de Columbia, prevé un mundo futuro sin comas escritas en el que las pausas se intuyen o aparecen con tal naturalidad que se hacen innecesarias. No es imposible. La eliminación solo requiere de desarrollar nuevos hábitos de lectura que favorezcan reconocer lo que se pretende al escribir.

Se ha sugerido que como en la antigüedad no se usaban signos de puntuación hoy se puede volver a este estado de cosas sin coste alguno. No es posible. Las comas, como otros signos de puntuación, ya han evolucionado hasta permitirnos estructurar linealmente la lengua en variadas complejidades.

La escritura vive hoy un momento en que se tiende a la alta simplicidad. Se tiende a hacer frases más cortas y reducir abruptamente todo elemento subordinante.

La sicología contribuye a esta limpieza textual. Los millones de mensajes que se escriben a diario en los dispositivos de texto apenas necesitan de comas; igual que ocurre, por extensión, con casi todo lo que se escribe hoy. Hemos reinventado aquello de lo bueno si breve dos veces bueno de Baltasar Gracián.

Se tiende a pensar que lo importante de un tuit es su brevedad textual sin percatarse de que lo que en verdad hacen los tuiteros es introducir un nuevo comportamiento escrito que hace que se lancen a las teclas los que antes no se hubieran atrevido. El entrelazar asuntos serios e insulsos es excipiente necesario de esa innovación. Se ponen menos comas pero se escribe más.

Asunto más grave que eliminar las comas, que no nos damos cuenta, es poner en circulación y aceptar sin inmutarnos palabras tan contaminantes y contrarias al espíritu del idioma español como tuit. ¿Dónde está esa intuición popular?

No es casualidad que las letras mayúsculas estén sufriendo también los efectos de esta evolución acelerada. Los nombres propios en minúsculas se prodigan en nuestro entorno en rótulos y señales de edificios. Y en títulos de todo tipo. A la cabeza de este deterioro visual va el punto y coma; que ya ha sido reducido a unos pocos y desnutridos casos. Decían en una reunión administrativa a la que asistí que no se les debería poner puntos y coma a los textos importantes destinados a los estudiantes porque les podría provocar confusión “en cosas serias”.

Por otro lado hay quien mantiene que un texto bien puntuado es el que no necesita de mucha puntuación. Se basa esta creencia en que la ausencia de comas se produce cuando el orden de palabras es el más natural. No cabe duda de que es bastante cierto. Pero me atrevo a apuntar a partir de la experiencia que la modificación del orden natural de las palabras es también parte del buen hábito escritural. Concentrar o poner el foco en un elemento que no es el primero linealmente modela la expresión: sea escrita u oral. El énfasis y el destacado requieren de especial disposición u orden. Así apareció “la voz pasiva”, sin ir más lejos.

Para ir terminando, la coma “escrita” no tiene por qué ser eterna pues no hay leyes en la naturaleza que así lo exijan. Al fin y al cabo es una representación convencional de una realidad lingüística. Lo que no va a desaparecer, y esto es seguro, son las comas del habla: las respiratorias. ¡A ver quién se atreve a dejar de respirar!