‘Atorados’: de migrantes a mendigos

Centroamericanos deambulan por las calles de Puebla bajo la mirada de las autoridades y la mafia
‘Atorados’: de migrantes a mendigos
Mendigos en Puebla
Foto: authors

PUEBLA, México.— El hondureño Gustavo Rodríguez, pide dinero “para un taco” en uno de los cruceros más transitados de esta ciudad, en donde acecha la mendicidad de cientos de centroamericanos desde hace más de un año.

Alguien desde el interior de un coche le da 10 pesos, poco menos de un dólar. El pedigüeño, que apenas cumplió 18 años, agradece con un enfático “gracias, mi madre”; camina otros pasos y se dirige a otro conductor quien cierra la ventana al ver que el muchacho hace una seña de hambre con la mano hacia la boca.

Alrededor del circuito interior y la Avenida 31, el ambiente es un torbellino de gente apresurada entre bancos, semáforos, torres de cristal, arbustos recortados y pordioseros extranjeros; al fin y al cabo, esta es una zona de sobrevivientes.

La historia de Puebla como ciudad de tránsito y destino de inmigrantes es una película de estreno.

A principios de 2013, una mafia con buen olfato para los negocios ideó una manera para que los indocumentados evadieran a los criminales en el tren de carga “La Bestia”: una ruta barata por carretera (50 dólares) desde San Cristobal de las Casas, en la frontera sur, hasta la Ciudad de Puebla, a 120 kilómetros del Distrito Federal.

Algunos indocumentados que se engancharon en este tráfico se lo contaron todo al sacerdote Gustavo Rodríguez, encargado local de la Pastoral de Movilidad Humana, y responsable del albergue en la parroquia La Asunción.

“Aquí no se sabía nada del tema, la gente empezó a solidarizarse con ellos, a darles dinero, y cuando otros delincuentes se dieron cuenta del botín, comenzaron a exigirles cuotas para dejarlos operar”, cuenta. “Las autoridades se hicieron cómplices: esto solo puede suceder si hay acuerdos con la Policía de la ciudad”.

Así se dividió el pastel del que ahora tiene un pedazo el hondureño Rodríguez. Son las 5:30 de la tarde y él sigue “trabajando” después de 10 horas, porque aún no reúne la cuota de 700 pesos (60 dólares) que le exigen a diario los extorsionadores a cambio de un espacio para dormir, dejarlo en paz en las calles, alertarlo cuando las patrullas están cerca y darle asesoría de cómo vestir y comportarse.

“Uno lo que quiere es no pasar hambre”, dice.

El chico se encoje de hombros: habla con énfasis de “vos” en lugar de tú, usa obligatoriamente una sudadera con gorro y nunca se separa de una pesada mochila negra. Ese es el look de migrante centroamericano, según instrucciones que recibió.

Unos metros arriba, el salvadoreño Carlos Alberto García, de 28 años, se mueve con una actitud similar, aunque jura que a él nadie lo controla. Llegó hace tres días en el autobús clandestino y espera seguir en los próximos días el camino rumbo a Chicago, desde donde fue deportado hace meses.

“Pidiendo dinero aquí se puede sobrevivir y hasta mandar dinero a casa”, reconoce.

El muchacho se acomoda con dificultad una cobija envuelta que carga en la espalda y continúa: “Yo no me quedo porque quiero estar otra vez con mi familia en EEUU”.

Pero no todos tienen ese apuro, según documentó Irazú Gómez responsable del Programa de Asuntos Migratorios de la Universidad Iberoamericana campus Puebla. “A mitad del camino se replantean su situación de migrantes, los peligros, las dificultades; y sin embargo, no quieren regresar a sus países y entonces se quedan aquí atorados, como comienzan a llamarlos”.

Los “atorados” tienen dos caminos. Unos siguen como limosneros en varias ciudades de la región entre las que se mueven durante seis meses: arrancan en Puebla y siguen a Martínez de la Torre, en Veracruz; Guadalajara, Jalisco; y Salamanca, Guanajuato.

“Es una estrategia para que la gente no se enfade de ellos”, observa Gómez.

La otra opción es escalar en la estructura criminal desde pordioseros a vendedores de droga al menudeo o ladrones de autos. “Los calan para ver si sirven como delincuentes”, precisa el cura Rodríguez.