Vecinos de Wilmington amenazados por contaminación

Muchos en Wilmington desconocen que sus enfermedades están relacionadas con las refinerías cercanas

Vecinos de Wilmington amenazados por contaminación
El pequeño Isaac Villamil monta su bicicleta con las refinerías al fondo.
Foto: Aurelia Ventura / La Opinión

Cinco años después de que Guadalupe Cuautle llegó a vivir al pie de la refinería Conoco Phillips, en Wilmington, le empezaron a salir tumores.

Ya le han extirpado cinco y ella piensa que estos pueden tener que ver con el aire tóxico que respira todos los días.

“Compramos esta casa hace 17 años. Nos gustó porque el barrio era muy tranquilo pero no pensé en todo el humo que despide la refinería”, dice.

A Guadalupe la martiriza un ruido industrial que no se detiene las 24 horas del día y los fétidos olores que siente en su patrio trasero. “Hay días tremendos que huele muy fuerte, a amoníaco con cloro”, dice.

Hace cinco años le tocó enterrar a su cuñada de 52 años, quien vivía en la parte de atrás de su casa. “Murió de cáncer. No sé si tenga relación con la planta pero mi esposo y yo ya queremos cambiarnos”, dice.

Los residentes de Wilmington, al Sur de Los Angeles, en su mayoría latinos, se encuentran en un callejón sin salida, atrapados por las tóxicas exhalaciones de las cinco refinerías que los rodean. Y muchos de ellos desconocen el problema, que se ve agravado con la perforación de pozos petroleros, el transporte de diesel y el movimiento portuario.

A la vuelta de donde vive Guadalupe Cuatle, tiene su casa Alicia López. Tanto ella y sus dos hijos de 13 y 8 años siempre tienen alergias. “Se la llevan destornudando con los ojos hinchados y llorosos”, comenta la madre de familia.

“Yo me siento bien débil, pálida. A veces creo que me voy a desvanecer. Siempre traigo sueño, y del pecho me sale como un ronquido”, dice.

María Muñoz carga un bebé de cuatro meses y dice que en el vecindario, “siempre hay humo, ruido, olores a gas. El otro día llamamos a los bomberos porque pensábamos que había una fuga pero era la refinería”, comenta.

El Distrito del Manejo de la Calidad del Aire de la Costa Sur ha concluido que Wilmington y San Pedro tienen el mayor riesgo de cáncer, debido no solo a las exposiciones de diesel, sino al humo de camiones de cargas, buques y trenes.

“Ya nos impusimos a vivir así. La casa es propia por eso no nos hemos cambiado”. Pero vale la pena a costa de la salud, pregunta. Y señala que los vecinos que no sufren alergias, tienen cáncer o han muerto de este mal.

Yolanda Valdivia padece mareos, ojos llorosos y constantes dolores de cabeza. “No nos cambiamos porque estamos pagando la casa desde 1995. Pero mi hija que tenía problema de asma se tuvo que mudar a Gardena. Y está mejor”.

Para Alicia Rivera, organizadora de Comunidades por un Medio Ambiente Mejor (CBE) muchos no entienden la amenaza que representa la contaminación hasta que empiezan a tener síntomas.

Y lo que los detiene a no dejar Wilmington es el factor económico. Jacqueline Wilches, entrenadora de yoga, dice que ella paga una renta de 700 dólares por un departamento de una recámara. “Si me voy a otra ciudad, no pagaría menos de 1,200 dólares. Por eso sigo aquí viviendo entre el olor a huevo podrido”.

Los vecinos han tenido que lidiar no solo con la contaminación del aire, y el ruido sino con las explosiones y trepidaciones por la perforación de pozos. En los 90’s hubo una explosión que mató a dos y dejó más de cien heridos. “En la noche, cuando perforaban, no nos dejaban dormir. Pensábamos que estaban temblando”, explica Segoviano.

Y aunque Alicia Rivera dice que el Wilmington de hoy no es el mismo de hace 20 años, aún queda mucho por hacer.

“Antes, las refinerías tenían las antorchas encendidas cuando quemaban los excesos de gases y los sacaban al aire. Pero hicimos una campaña de nueve años para que apagaran las llamas. Por eso ahora no las vemos. Así, hemos eliminado miles de toneladas de contaminación del aire”.