Entre aviones y trenes

Ahora no buscamos una aguja en un pajar, sino un enorme avión con 239 personas a bordo que ha desaparecido.

Entre aviones y trenes
Veintiséis naciones participan en la búsqueda del avión malasio desaparecido con 239 personas a bordo en una vasta y remota área marítima.
Foto: EFE

Burbujas

Allá por el año de 1953 ó 1954, no recuerdo con precisión, porque además no tenía importancia en aquel entonces, hubo una competencia en la ciudad de Leipzig, Alemania, en que se trataba de que en tres montones de heno gigantescos, tres equipos diferentes de cierto numero de personas, usando cualquier procedimiento, pudieran encontrar una aguja en cada uno de los “pajares”.

A mí en aquel entonces me pareció un ejercicio de futileza pero estaba yo en la edad en que cosas raras atraen a los teens, que han sido y son raros siempre.

Esa competencia se llevó a cabo en una feria y los tres montones tenían como dos metros de altura cada uno, con un revoltijo de diferentes granos, trigo, avena, y cebada.

La única regla exigía no usar ningún magneto, sino simplemente tratar de que con cálculos y otros esfuerzos se encontrara la aguja.

Como era de esperarse, dada la tontería que trataba de definirse, había pasión a raudales, y no existía ningún premio para el que lo lograra primero, simplemente el honor de haberlo hecho.

El primer grupo tardó como tres horas para encontrar la famosa aguja perfectamente identificada; el segundo más, y el tercero ya no le interesó a nadie si la encontraba o no.

No sé que cálculos hicieron o si simplemente colaron la mezcla de henos hasta que lograron que apareciera el cuerpo extraño que se buscaba.

Había un profesor de una de las universidades locales que explicaba la importancia de tener capacidad de encontrar cosas perdidas siguiendo métodos científicos. A todos nos dio un poquito de risa porque esa competencia que estábamos viendo no parecía tener nada de científico.

Han pasado desde entonces más de 60 años y el mundo se supone que ha cambiado. Ahora no buscamos una aguja en un pajar, sino un enorme avión con 239 personas a bordo que ha desaparecido.

Con todos los indudables adelantos técnicos con los que podemos encontrar cualquier cosa que busquemos sobre la superficie de la tierra, ese avión Boeing 777, uno de los más avanzados del mundo, sencillamente no aparece por ningún lado.

Entiendo que la empresa Rolls Royce monitorea el funcionamiento de sus motores en los aviones, y que se especuló que en este caso, los registros indican que después de la desaparición del avión, por cinco horas más, seguía transmitiendo el buen estado y el buen funcionamiento de los motores.

Es una lástima que no se sepa en que dirección voló el avión puesto que se desvió de la ruta original asignada, porque con los innumerables instrumentos de localización y de ruta, era de esperarse que cuando menos se supiera la dirección en que viajaba.

Ese 777 será por mucho tiempo uno de los misterios más intrigantes de la actualidad.

Y hablando de asuntos incomprensibles, quiero tocar un tema que en México es, lastimeramente, muy recurrente: decisiones en grandes obras basadas en intereses personales o políticos, dejando a un lado las verificaciones técnicas básicas que debieran darse.

Dos días antes de terminar el sexenio de Felipe Calderón como presidente de México, y el del regente de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard, siguiendo la furia enfermiza de inaugurar cuanta obra fuera posible antes de su partida, echaron a andar con bombos y platillos la línea 12 del metro de la ciudad de México, que serviría de enlace entre grandes zonas conurbadas al norte de la capital.

Con lo que no se contaba, es que hoy, tras poco más de un año de servicio, se descubra que esa obra, o fue un gigantesco fraude o una enorme estupidez, ambas igualmente graves por tratarse de fondos públicos.

Resulta que los rieles que se compraron no soportan el sobrepeso de los carros y sus pasajeros, o sea que se compraron los rieles equivocados, los vagones equivocados, o ambos.

Toda esta absurdez está detenida y ahora se pretende dar el servicio a lo largo de la ruta 12 con más de cien autobuses en que se transportará en forma gratuita a los que no pueden hacerlo por el metro que no está en funcionamiento.

Hay un axioma elemental en la administración: toda autoridad es transferible a un subordinado pero de lo que no se puede deslindar nunca es de la responsabilidad. Así que por donde se le vea, directa o indirectamente los responsables de este desastre son el presidente Calderón y el regente Ebrard.

En todo este escarbadero entre la mugre y las deshonestidades se podrán encontrar culpables de hechos evidentemente delictuosos que seguramente existieron, pero que no le quitan la responsabilidad a quienes por ser cabeza de Gobierno la llevan.

Lejos estoy de pensar que solo se trata de uno más de tantos y costosos desastres burocráticos. Aquí hay cientos de millones de pesos que fueron a dar de las arcas públicas a bolsillos privados y que ahora tendrán que ser no solamente recuperados, sino castigados los culpables.

Parte del problema es el deseo de los gobernantes para que su nombre quede ligado a cualquier obra, aunque a la postre resulte controversial.

Del misterio del avión seguramente aprenderemos para evitar se repita lo sucedido, pero lastimeramente no creo que los descubrimientos que se den con el asunto del metro en México ayuden a evitar que vuelva a haber fraudes.