Una nueva era

La mejor apuesta del nuevo presidente sería buscar un concierto con aquellos, en cualquier bando en que se encuentren, que quieran lo mejor para el país
Una nueva era
El presidente salvadoreño, Mauricio Funes destacó el triunfo de Salvador Sánchez Cerén.
Foto: Archivo / Notimex

El Salvador

El tránsito por el limbo ha terminado. El Salvador tiene ya un presidente reconocido. No solo por el Tribunal Supremo Electoral (TSE), que ha despejado el último escollo para la proclamación presidencial del ex comandante guerrillero Salvador Sánchez Cerén, del FMLN, sino por los Estados Unidos: el secretario de Estado, John Kerry ha hecho llegar sin demora su felicitación al presidente electo por su victoria.

Aun quedan pendientes algunas cuestiones legales. Desde la noche del 9 de marzo, día de la segunda ronda de esta elección, el perdedor, Alianza Republicana Nacionalista (Arena), que gobernó El Salvador por 20 años y que ahora se bate desde la oposición, montó una fuerte campaña de descrédito y desafío al proceso de votación y a las autoridades electorales del país. Al final de la jornada, frente a un recuento desfavorable, un furibundo Norman Quijano, el candidato de Arena escogió hacer declaraciones temerarias: “Estamos en pie de guerra”. “Vamos a luchar si es preciso con nuestra vida”. “La Fuerza Armada esta lista para hacer democracia”. Palabras belicosas, colindantes con el llamado a sedición, que obligaron a una declaración de los uniformados dejando sentado que la Fuerza Armada no interviene en cuestiones electorales y que respetará al elegido de los votantes.

En los días siguientes, Arena convocó a sus seguidores para pasar a la acción, y siguieron varias marchas en San Salvador que encontraron una hermandad clasista y emocional con el movimiento contra Maduro en Venezuela. A la par de esto, la cúpula de ese partido presentó decenas de recursos y amparos ante los tribunales, incluyendo la Corte Suprema de Justicia, pidiendo desde un nuevo recuento voto por voto, hasta la invalidación de la elección. Uno de los alegatos más vistosos y elaborados de Arena ha sido que el día de la votación los centros penales concedieron licencia por un día a miles de reos, entre ellos asesinos despiadados, para que salieran a votar —supuestamente por el FMLN. Presentaron como “prueba” ante las cámaras de televisión a un personaje encapuchado, supuesto custodio de un penal que iba a declarar bajo juramento que esas salidas ilegales, ordenadas y supervisadas de internos el día de la elección habían tenido lugar. Sin embargo, este hombre nunca se presentó a testimoniar. Este lunes, el ministro de Seguridad desveló que el encapuchado no era ningún custodio del presidio, sino un ex militar o guardaespaldas que trabajaba como asesor de los diputados de Arena en la Asamblea Legislativa, y que por lo tanto, el partido podría haber incurrido en fraude procesal.

Todavía hasta hace unos días, antes de que el TSE declarase en firme los resultados que favorecían al FMLN, el partido de derechas interponía nuevos recursos ante la Corte Suprema para probar el presunto fraude. Aún no se sabe cómo fallará el Supremo al respecto, y qué consecuencias tendrían sus decisiones en una carrera que se dio por terminada. Según las leyes salvadoreñas, el Tribunal Supremo Electoral, un organismo generado por los acuerdos de paz de 1992 es la máxima autoridad del país en materia de elecciones.

En la práctica, la transición a un nuevo Gobierno del FMLN ha empezado. Varios Gobiernos —México, República Dominicana, Costa Rica, Brasil, la Unión Europea— se adelantaron a Kerry en reconocer oficialmente a Sánchez Cerén. Un equipo del presidente electo ha estado trabajando con la Administración de Mauricio Funes para decidir cómo va a ser la transición y el traspaso.

El nuevo presidente asume el poder el 1 de junio, y son tan formidables los retos que le esperan, que apenas se ponga al timón de la maquinaria estatal, tendrá que arrancar en segunda. Además de ser un país polarizado (el FMLN y Arena practicamente se dividieron los votos por la mitad en la segunda ronda), El Salvador posee un historial de costumbres arraigadas, y a menudo, cerriles resistencias al cambio. No solo la burguesía o los empresarios, sino también los sindicatos y las burocracias se asustan frente a las novedades. Las ven como amenazas. Pero si el cambio es lo que se busca, el nuevo presidente tendrá que dar un golpe de timón, y ello comporta bregar con fuerzas opuestas, tanto dentro como fuera de su propio partido, y navegar con destreza en aguas desconocidas. Pero eso no excluye los momentos de cautela, imprescindibles cuando se tienen tantas cosas en contra. Por supuesto, el presidente Sánchez Cerén no podrá cumplir sus tareas en soledad, sin acompañamiento. Su mejor apuesta sería buscar un concierto con aquellos, en cualquier bando en que se encuentren, que quieran lo mejor para el país, incluso por encima de sus propios intereses.

En fin, El Salvador ingresa en una nueva era. Después del anuncio que ratifica el triunfo del FMLN, los colores partidarios se deslavan, la vida recobra sus ritmos. El triunfo del FMLN cambia el balance de fuerzas en la región centroamericana (todavía falta por ver qué dirección tomará Costa Rica en la segunda vuelta electoral, la decisiva, en abril). Muchos estarán observando El Salvador y el derrotero que seguirá en los próximos años, curiosos por saber si esta nación, que camina desde siempre al borde del abismo, encontrará un curso propio y efectivo para lidiar con sus males.