Mueren por el fútbol

El número de muertes de los trabajadores migrantes que construyen la infraestructura para el mundial de fútbol de Qatar en 2022 ha alcanzado el nivel de una crisis humanitaria
Mueren por el fútbol
Obreros de varias nacionalidades trabajan en la construcción del pabellón polidepertivo Lusail en Doha, Qatar, el pasado 19 de noviembre.
Foto: Archivo-EFE

Migración

No cabe duda de que la migración está frecuentemente vinculada con crisis humanitarias. Hago referencia a dos crisis con las que los lectores de este diario están familiarizados: la de los migrantes indocumentados que morían a granel al tratar de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos durante los 90 y la década pasada, y la de los migrantes centroamericanos que actualmente pasan por tierras aztecas y que son presa de bandas del crimen organizado. Ambos casos han conllevado la muerte de cientos de migrantes y la violencia y vejaciones a otros tantos que han quedado afectados permanentemente.

Hoy se vive una crisis humanitaria, en otra parte del planeta, en la que los migrantes regresan a casa, no orgullosos con sus remesas, sino inertes en sus ataúdes. No son migrantes que mueren al tratar de cruzar una frontera o que se ahogan al colapsar su embarcación. Son los trabajadores temporales que están construyendo los estadios de futbol en Qatar, sede del mundial de futbol de 2022.

El pequeño reino árabe de Qatar fue escogido por la Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA) como sede de la copa del mundo después de Brasil y Rusia. La elección causó sorpresa y controversia. Qatar es un país muy pequeño pero muy rico, gracias a sus enormes reservas de gas y petróleo. Es gobernado bajo un sistema político de monarquía absoluta, es decir, no democrático. De hecho, los partidos políticos están prohibidos. Pero lo más interesante es que de sus 1.9 millones de habitantes, solo 250 mil son ciudadanos. El resto son migrantes, en su mayoría trabajadores extranjeros que desempeñan todas aquellas labores que los qataríes no desean hacer, pero que mantienen a la economía de ese país bien aceitada y en movimiento.

Hace poco más de tres años que Qatar fue oficialmente nombrado sede del mundial del 2022 y desde entonces miles de millones de dólares se han dedicado a desarrollar la infraestructura deportiva requerida para un evento de esa magnitud. Concretamente, construir nueve nuevos estadios y ampliar los tres que ya existen. Pero para que eso suceda es necesaria la labor de cientos de miles de trabajadores migrantes provenientes de países como Filipinas, Nepal, la India y otros más.

Estos trabajadores son reclutados bajo un sistema de contratación conocido como Kafala. Bajo este sistema, el empleador mantiene un poder prácticamente absoluto sobre el trabajador, su salario y condiciones laborales. El carnet de identidad y las visas de entrada y salida de los trabajadores migrantes también dependen de la voluntad del empleador.

Hasta el momento, cientos de migrantes han muerto trabajando jornadas excesivamente largas bajo un sol abrasador, en condiciones laborales peligrosas, viviendo hacinados con otros trabajadores y obligados a beber agua salada. Un informe de la International Trade Union Confederation estimó que a este ritmo unos cuatro mil trabajadores habrán muerto para cuando se celebre el mundial de 2022. Si pensamos que Qatar va a hacer algo para solucionar esta crisis humanitaria, más vale que esperemos sentados. La verdadera pregunta es ¿qué va a hacer el resto del mundo?