Centros para jornaleros

Los centros para jornaleros protegen y organizan a trabajadores cuyos derechos son frecuentemente vulnerados por su condición migratoria irregular
Centros para jornaleros
Jornaleros afuera de un centro de trabajo de CARECEN que aparece cerrado, localizado sobre la calle Wilshire y Avenida Union, en Los Ángeles.
Foto: J. Emilio Flores / La Opinión

Migración

Leí con preocupación en las páginas de este diario que la ciudad de Los Ángeles planea no renovar el contrato que tiene con varios centros para jornaleros ubicados en distintos puntos del área metropolitana. Dicho llanamente, esto significa que el Gobierno local dejaría de financiar los gastos de operación de dichos centros, por lo cual estos se verían obligados a cerrar. Los trabajadores que acuden a buscar empleo en esos lugares tendrían que salir a la calle, pararse en alguna esquina, para ver la forma de ganarse el pan.

Estos centros para jornaleros son administrados por distintas organizaciones que se han movilizado para que las autoridades locales renueven los contratos existentes. El Gobierno de la ciudad alega falta de recursos.

La eventual desaparición de estos centros sería un golpe muy duro para los trabajadores, para las organizaciones que manejan estos lugares y para la ciudadanía en general. Y es que dichos centros cumplen múltiples funciones. Aunque generalmente se reconocen solo dos de ellas: su función como sitios donde los trabajadores ofertan su mano de obra y el papel que cumplen evitando que los jornaleros busquen trabajo en la vía pública —para luego ser confrontados por vecinos y policías. Son tareas vitales, pero no son las únicas.

Los centros para jornaleros llevan a cabo una tarea doble de organización y de protección de los jornaleros. Me explico. Los jornaleros son quizá los trabajadores más vulnerables en nuestra sociedad. Según los estudios disponibles, son en su mayoría inmigrantes y muchos carecen de autorización para residir y laborar en el país, situación que los convierte en la fuerza de trabajo más flexible e ideal para los patrones. Estos los emplean en la mañana y se deshacen de ellos por la tarde. No hay contrato de por medio, no hay prestaciones, no hay antigüedad. Y las historias de abusos sobran. La clásica y que se repite infinidad de veces es la del patrón que al final de la jornada se niega a pagar lo acordado y amenaza a los trabajadores con llamar a la migra.

Es aquí donde los centros jornaleros protegen a la persona en su calidad de trabajador. Qué importa si tiene documentos o no. La relación con el empleador es una relación laboral. El pago devengado por las horas de trabajo se tiene que otorgar. No hay excusa que valga.

Pero no hay protección sin organización. Esta es una función clave de los centros para jornaleros. El personal de dichos centros dedica buena parte de sus esfuerzos cotidianos a organizar a los trabajadores: los organizan de acuerdo a sus destrezas laborales y a la compensación económica que distintas habilidades deben recibir. En épocas de vacas flacas, se le da prioridad a los que no han trabajado en varios días. En contraposición a lo que ocurre en los centros, en las esquinas la desorganización y la competencia entre los mismos jornaleros minan la ya de por sí débil posición del trabajador frente al empleador.

Cerrar los centros para jornaleros sería un retroceso. Así de simple.

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