La ceguera no detiene la vida de dos latinas de LA

Dos latinas invidentes utilizan su discapacidad para ayudar a otros
La ceguera no detiene la vida de dos latinas de LA
Blanca Angulo, quien tiene un 100% de ceguera debido a Retinitis Pigmentosa, disfruta cocinando y ha memorizado todos los detalles de la cocina del Instituto Braille.
Foto: La Opinión - Ciro Cesar

La pérdida de la visión puede llevar a una persona a sentir que el mundo se acaba. Pero Melissa Hudson y Blanca Angulo han demostrado que este puede expandirse.

Hudson y Angulo son dos mujeres latinas que han decidido utilizar su carencia de visión para ayudar a otros a tomar conciencia de que una discapacidad no tiene por qué detener su vida.

Además de vivir a plenitud, se han dedicado a ser voluntarias en el Instituto Braille, que ayuda a las personas con incapacidad visual a desenvolverse en forma independiente.

Hudson perdió la vista hace más de 10 años, a consecuencia de la artritis juvenil que se le diagnosticó a los 3 años y que le ocasionó uveítis, cataratas y glaucoma.

“Una vez escuché a una señora que dijo, “ser invidente es un regalo que se puede ver feo desde afuera pero si lo abres, lo que encuentras dentro es algo lindo”, recuerda Hudson, de 40 años, para quien su discapacidad no ha sido un obstáculo para viajar, practicar deportes al aire libre y mantener al día su blog donde narra sus “aventuras” de la vida, como ella le llama. Siempre está acompañada de su perra labradora Camry. “Vivir la vida es mi pasatiempo”, añadió sonriendo.

Según la Dra. Marta Recasens, cirujana y especialista vítreo retinal, la artritis juvenil es más común en niñas y se diagnostica generalmente antes de los 4 años. Los ojos pueden verse afectados por la inflamación, aunque sin presentar dolor. “Si no se controla, la persona puede quedar ciega por la inflamación de la túnica úvea, catarata, glaucoma, desprendimiento de la retina y formación de tejido cicatrizado”, dijo Recasens.

Angulo, por su parte, perdió la vista hace cuatro años debido a la retinitis pigmentosa, enfermedad que podría transmitir a sus descendientes, según el especialista que se la diagnosticó. Al principio, el hecho de perder la vista la dejó sin deseos de seguir adelante en la vida.

“Yo pasé por una depresión que me mantuvo dos años encerrada en mi cuarto, porque no quería saber de nada”, dijo Angulo, de 53 años, añadiendo que su hija, quien es enfermera, comenzó a buscar ayuda para sacarla de su depresión y encontró el Instituto Braille. Desde entonces, se dedica a ayudar a otros a enfrentar su discapacidad.

En el caso de la retinitis pigmentosa, destaca Recasens, esta puede ser esporádica o hereditaria. “La mayoría de los casos en los Estados Unidos son esporádicos, hasta un 40 %”, dijo Recasens. “Si el caso es verdaderamente esporádico, no se transmite a las generaciones futuras”, añadió. “Sé lo que se siente que nadie te diga ‘tú puedes’”, dijo Angulo, destacando que siempre les enfatiza a otros con problemas de visión “que traten de salir, que vean que si yo pude, ¿por qué no van a poder ellos?”.

Angulo vive en Norwalk y no siente miedo de desplazarse en autobús y Metro por toda la ciudad, a donde quiera que haya una persona que necesite de su ayuda y consejos.

Por su parte, uno de los objetivos que se ha trazado Hudson es el de cambiar la mentalidad de las personas con respecto al trato hacia los invidentes.

“Hay personas que me han dicho, ‘tú no pareces invidente’. Y yo les he preguntado, ¿Cómo luce un invidente? ¡Somos iguales a los demás!”, dijo.

Hudson también destaca que en la cultura latina existe la tradición de no pedir ayuda a nadie cuando se tiene una discapacidad, ni se platica de eso. Su padre, oriundo de Tamaulipas, México, también perdió la vista pero nunca habló de esto con nadie, ni buscó ayuda. “Es muy difícil en nuestra cultura decir ‘necesito ayuda’.

Al principio cuesta aceptarlo pero hay que seguir adelante”, dijo Hudson.