Restricciones mexicanas afectaron turismo a Baja California

Negocios de Baja California impactados por falta de visitantes del otro lado de la frontera
Restricciones mexicanas afectaron turismo a Baja California
Vinatero de Santo Tomás en la ruta del vino de Ensenada, uno de los atractivos que ofrece la región al sur de la frontera.
Foto: La Opinión - J. Emilio Flores

En una pared del hotel San Nicolás cuelgan fotos de los años de gloria de Ensenada, cuando había huéspedes del calibre de Mario Moreno “Cantinflas” y Emilio “El Indio” Fernández. Corría la década de 1970 y el turismo estadounidense favorecía el auge de condominios y mansiones de lujo.

“Todo eso se perdió”, dice Nico Saad, dueño de la hospedería, que en los últimos 20 años ha sobrevivido con el 70% de las habitaciones desocupadas, a pesar de que tiene un casino en la entrada.

“En Baja California estamos castigados, somos un estado que en 20 años no ha crecido turísticamente”, señala Saad, culpando a las restricciones que el Gobierno mexicano impuso en 1993 a los autobuses turísticos provenientes del otro lado de la frontera, como parte del Tratado de Libre Comercio (TLC).

Esto negó la entrada a vehículos con menos de 30 pasajeros y a los más grandes les exigió cumplir con requisitos ambientales, algo que desalentó a los operadores de viajes. Así, Ensenada y Tijuana desaparecieron de los mapas vacacionales de Canadá, Europa y EEUU.

Los hoteleros de Baja California reclaman que las normas desarticularon el circuito binacional de turismo carretero, provocando el desplome de la cantidad de visitantes, de más de un millón a sólo 40 mil al año.

“Aquí nos pegó completamente”, menciona Rey Nelson, dirigente estatal de hoteleros, quien agrega que las alertas de viaje “sin fundamento” emitidas por EEUU (la última advierte de 458 asesinatos en Tijuana en 2012 y 2013), la crisis económica, las estrictas revisiones que desde 2001 ralentizan el cruce fronterizo y los recientes daños en la carretera Rosarito-Ensenada, también han impactado al sector.

“Prácticamente desapareció la clientela americana”, dice.

Ubicado en una popular calle de Tijuana, el hotel Nelson ha visto una caída del 80% en el alquiler de sus cuartos. “Para nosotros los días festivos ya no lo son”, lamenta su director Antonio Vázquez.

En una carta enviada en 2011 al entonces presidente de México, Felipe Calderón, alcaldes y empresarios de la región pidieron una iniciativa temporal de libre internación para los buses de vacacionistas. No hubo respuesta, como tampoco la ha habido del actual mandatario, Enrique Peña.

En un restaurante de Ensenada, Morgan (quien no da su apellido) y sus amigos, de Encinitas, cerca de San Diego, toman cerveza y comen nachos mientras escuchan una canción de The Doors. “Este lugar es divertido”, dice.

Hay pocos anglosajones en la calle Primera de Ensenada, aunque hay un crucero con dos mil pasajeros anclado en el puerto.

“Estamos vacíos”, dice Pepe Avendaño, quien ha servido tragos en la cantina Hussong’s por 36 años. De 1978 a 1984 el local floreció, pero la actual “es la peor época”, afirma.

Este año, el puerto espera el arribo de 280 cruceros, casi el doble que en 2009. Por esta vía llegan 700 mil vacacionistas. “Va repuntando”, celebra Amparo Damas, gerente de operaciones del puerto.

“El principal reto es seguir incrementando la visita del anglosajón”, señala Óscar Kawanishi, titular de la oficina local de Turismo. Hay cifras alentadoras. “Enero y febrero fueron los mejores de los últimos cuatro años”, subraya el funcionario.

Los cruceros han impulsado la producción de vino, pero acarrean el reto de procurar un desarrollo sustentable en las zonas de cultivo. “Queremos que la gente siga viendo viñas, no arrancarlas para hacer una carretera, un hotel o un restaurante”, dice Álvaro Ptacnik, presidente del Comité Provino.

Para Saad, el renacimiento turístico no está ligado a los cruceros (cuyos pasajeros sólo se quedan unas horas), sino a los autobuses que traen visitantes que gastan $100 por día. “De los cruceros se baja el 20% y gasta un promedio de 22 dólares, sólo compran una máscara de ‘El Santo’”.

En una esquina de la Calle Primera de Ensenada, el puesto de Sabina Bandera está rodeado de clientes. Ella ganó dos primeros concursos de comida en puestos ambulantes en Los Ángeles, pero ni su fama evitó que sus ganancias cayeran. “Por el derrumbe de la carretera sí nos bajó un poco, pero ahí vamos”, dice.

“La Guerrerense”, como la conocen aquí, prepara una tostada con erizo y almeja, que le dio la corona en 2011. Es un manjar. Un grupo norteño, a la par de su puesto, le canta su corrido: “El encanto del ceviche tiene el toque de Sabina, nadie en el mar se resiste al calor de su cocina”.