El ‘Chente’ de los celulares

A voz de canto, mexicano vende teléfonos en la Central de Abastos de Los Ángeles
El ‘Chente’ de los celulares
Leobi Ramírez (Chente Jr.) ofrece sus accesorios electrónicos a voz de canto en la Central de Abastos de Los Ángeles.
Foto: La Opinión - Aurelia Ventura

Para posar ante la cámara, Leobi Ramírez inclina el cuerpo y levanta la mano derecha como sosteniendo un sombrero. Está imitando la postura del cantante mexicano Vicente Fernández.

Luego su voz se vuelve grave y con estilo campirano: “Mientras la gente me siga comprando robado… yo sigo vendiendo robado”.

Sigue fingiendo ser “El Charro de Huentitán”. Es su padre, dice él en broma.

“Chente”, como lo conocen en la Central de Abastos de Los Ángeles, es un chilango que se gana la vida vendiendo accesorios para celulares y suele divertir a los clientes con sus ocurrencias.

“¿Qué tranza mi ñero?”, saluda a un comerciante. “Pregunte, si no lo ve por ahí lo tenemos guardado”, le asegura a una mujer que observa a detalle su canastilla con ruedas, repleta de electrónicos.

En el pecho de Ramírez cuelgan audífonos, memorias, adaptadores y cargadores de celulares. Él sería el equivalente al “hombre orquesta” en la era de los teléfonos inteligentes. No le podía faltar un micrófono estilo diadema que conecta a una pequeña grabadora en su cintura.

“Cargadores, audífonos, blu tut”, promueve en tono jocoso y acompañado del ritmo de una cumbia antigua.

“Todo esto lo ocupa la gente, porque ahora todo mundo trae teléfono: hasta los chamaquitos, al perrito nomás falta que le pongan”, dice con sarcasmo el residente de Huntington Park.

Todos los días, un ejército de vendedores ambulantes recorre los pasillos y alrededores de la popular Central de Abastos de Los Ángeles, ofreciendo cualquier cantidad de artículos y alimentos. Pero ninguno, aseguran ahí, es tan alegre como “Chente”.

“No hace falta que vayamos a ningún lado”, dice Ulises Ruiz, un comerciante de legumbres. “El señor de los celulares siempre te resuelve cualquier problema, vende de todo”, celebra.

“Chente” lleva veinte años en el negocio, pero no hace mucho se enteró que había una mina de oro en la distribuidora de alimentos más grande de la ciudad y desde entonces no falla.

“Vi que todo mundo tiene dinero: los que vienen a comprar, los que venden, los que manejan los camiones. Aquí se mueve el billete”, dice sin perder de vista sus clientes potenciales.

Ramírez, de 46 años, ofrece incluso dispositivos para los que se han quedado un poco atrasados en la tecnología, como un adaptador para vehículos que tienen casetera. “Tengo de tocho morocho”, asegura este hombre que trae la vena del comercio desde México, donde vendía agujas en un tianguis.

“Cuando llegué aquí me di cuenta que todo mundo trabaja por un sueldo y a mí nunca me ha gustado”, dice.

José Pérez, vendedor de aguacates al mayoreo, cuenta que “Chente” le consiguió un cargador poco común en el mercado y calcula que se ahorró unos $100 porque evitó comprar otro teléfono celular. “Yo no sé dónde lo consigue, pero te lo trae”, menciona el michoacano.

Aunque Ramírez tiene un negocio establecido en Los Ángeles, prefiere aplicar aquella frase de “si la montaña no va a Mahoma…”. No hay día que regrese a casa sin por lo menos $100 en la bolsa, asegura. “En la tienda va saliendo, pero muy poco. Se aliviana un poco más acá”, comenta.

La ironía es que el “hombre orquesta” de los celulares trae uno de modelo antiguo. “Es chafita”, reconoce. Pero dice que si alguien le ofrece $20 no dudaría en venderlo. “Ando sobre el business“.