Los hijos de Morse

Somos los hijos del telegrama
Los hijos de Morse
Esta clave, que se cree es de la primera línea telegráfica de América, fue construida por Alfred Vail como una mejora de transmisor original de Samuel Morse.
Foto: National Museum of American History

Papeles

Mis ocho hermanos y yo somos hijos de un telegrama. Estoy contando el cuento porque hace 70 años mi madre le escribió uno a mi padre que había desertado dejando a su novia colgada de la brocha. Recordé el episodio con motivo del Día Mundial del Correo (9 de octubre)

Luis María y María Genoveva, mis taitas, se habían conocido en el camino real que unía la vereda El Bosque con la plaza principal de Montebello, Antioquia, un pueblo feo, faldudo y frío de menos de cuatro mil habitantes, localizado a hora y media de Medellín. segunda ciudad colombiana.

El amor llega cuando dos ojos que no se buscan se encuentran. Eso le sucedió a la dichosa pareja. El primer diálogo, en pleno camino, fue casi un borrador de telegrama.

– ¿Para dónde va?

– A clase de corte

– Aprenda para que usted me cosa los pantalones.

El amor no necesita más. Después vendrían las visitas del novio que eran vigiladas por la suegra que tejía croché respirándole en la nuca a la pareja. De vez en cuando, desde el fondo de la casa, en pleno campo, el suegro tosía ruidosamente para notificarle al impetuoso Romeo que era vigilado por los cuatro flancos.

Nada de tomadas de mano. En una de esas la novia podía quedar embarazada. Cuando no había visitas, el novio se gastaba parte del jornal —y de su impetuosa poesía— en encendidas cartas de amor, escritas a mano, en letra pegada que denotaba su grado de enamoramiento.

Con frases como la siguiente, el hombre que apenas estudió los cinco años de primaria, conquistó a su Genoveva: “Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro mi doliente corazón”.

Pero también en el campo el amor es eterno mientras dura. De repente, la correspondencia, enviada a través del Telecom — la empresa de telecomunicaciones de entonces—, se interrumpió.

¿Qué hacer? Solo quedaba la opción del telegrama, el invento de Samuel Morse. El hombre envió el primero en mayo de 1844 entre Baltimore y Washington. Decía, simplemente: “Cuánto ha hecho Dios”.

A Dios le habría gustado algo menos obvio, pero no se le pueden pedir peras al olmo, ni poesía a Morse quien en literatura no pasaba de puntos y rayas.

En síntesis, al telegrama de Morse solo le gana Moisés quien siglos antes había escrito otro prodigio de síntesis. “En el principio hizo Dios el cielo y la tierra”.

Según el catecismo del padre Astete, Dios está en todas partes. El telegrama llegaba a casi todas. Pues bien: mi madre fue a la oficina de correos local y disparó su lacónico S.O.S sentimental: “Extrañando ausencia”. Y el perdido Luis María reapareció.

Meses después con otras 20 parejas, de riguroso negro, se casaban de madrugada en la iglesia del pueblo que vive entra la bruma que aparece y desaparece a lo largo del día. La gente vive dentro del paisaje.

Quizás por lo anterior, cuando la Western Union anunció hace unos años la eutanasia o muerte lenta del telegrama, decidí poner el único de mi vida.

Nunca llegó a su destino. Reclamé a la administración postal y exigí el telegrama o la plata que me costó. Ni lo uno ni lo otro.

Tuve que entregarle personalmente el telegrama a su destinataria, mi señora: “Antes de que se extinga el telegrama quiero decirte que mi amor por ti es inextinguible”. Ese día me dieron la carne más grande.