Danzantes aztecas: ‘no nos preocupan las burlas’

El desinterés y rechazo de algunos no desanima a danzante azteca

Víctor Jiménez, tiene 33, de sus 46 años,  dedicados a aprender los bailes regionales de su país.
Víctor Jiménez, tiene 33, de sus 46 años, dedicados a aprender los bailes regionales de su país.
Foto: Isaias Alvarado

Con imponentes penachos, escudos, chalecos, capas y cascabeles, un grupo de danzantes aztecas, encabezado por Víctor Jiménez, se enfiló al patio de una escuela secundaria del área de Los Ángeles. Antes de que el sonido del caracol iniciara el ritual, se escucharon mofas de algunos alumnos.

“Unos muchachos se empezaron a burlar, pero no nos interesó. Les dije [a los danzantes]: ‘No se preocupen’. Y bailamos para toda la escuela. Cuando terminamos nos aplaudieron y los que se estaban burlando se quedaron callados“, cuenta Jiménez, líder del grupo Itzamná.

El desinterés y rechazo de algunos hispanos y personas de otras etnias es algo que Jiménez, nacido en Michoacán, criado en la Ciudad de México y residente de California desde hace 10 años, ha tenido que enfrentar en Estados Unidos cuando trata de preservar las danzas tradicionales de México.

“Cuesta trabajo, porque no en todos lados te lo aceptan”, lamenta Jiménez, quien en 33 de sus 46 años se ha dedicado a aprender los bailes regionales de su país.

“No toda la gente te pone la atención que debería. Han habido veces que hasta nos dan ganas de llorar, pero decimos: ‘¿Por qué voy a tirar la toalla? No me voy a rendir'”.

Por este constante proceso de preservación cultural, Jiménez no experimenta sentimientos distintos al ejecutar los bailes lejos de su tierra. “Para mí es igual en los dos lados”, dice.

En cada paso que da, asegura, hay tal concentración que se convierte en el personaje que interpreta.

Cuando yo bailo me transformo. Si me dicen ‘venado’, me siento venado; igual si me dicen ‘iguana'”, afirma quien en los últimos siete años ha sido colaborador de la Casa de la Cultura Maya.

Jiménez habla con La Opinión antes de realizar la “Danza del Venado”, ritual celebrado por los mayas. En sus manos sostiene una cabeza de venado y ya trae puesto el atuendo necesario. “Al venado se le pide permiso y se le pide perdón por haberlo matado, y se le agradece. Es una ceremonia sagrada”, explica.

Cerca de él camina su hija de cuatro años, quien porta un traje típico. Tiene una bebé y espera que se enamore de la cultura mexicana. “Espero que sí. No la voy a forzar, no podemos forzar a la gente”, dice.