Los amigos perdidos

La que pasó en Colombia fue una campaña atípica en la que cada uno se convirtió en jefe de debate de su candidato
Los amigos perdidos
Colombianos residentes en Venezuela asisten a votar en la ciudad de Caracas.
Foto: Archivo / EFE

Papeles

Ahora que la suerte está echada en Colombia con la reelección del presidente Santos, espero recobrar muchos amigos perdidos y perder no pocos enemigos ganados. También se impone la tarea de remendar relaciones familiares, seriamente averiadas por la ardua confrontación que nos dividió a los habitantes de Macondo.

No tiene sentido coquetearle a la paz, invocarla hasta en el Padrenuestro, y estar cambiando de religión, de equipo de barrio, de acera, cuando vemos venir al “enemigo íntimo” político.

Espero que los anfitriones del candidato perdedor, mi tocayo Óscar Iván Zuluaga, no me sigan dando la carne más chiquita en los almuerzos. Ojalá le echen menos agua y más ron al señoritero cuba libre.

La que pasó en Colombia fue una campaña atípica en la que cada uno se convirtió en jefe de debate de su candidato. Los que ganamos perdonamos fácil. Los perdedores tardan más para perdonar, y para olvidar, que es todavía mejor.

Fue una campaña en la que abundaron los golpes bajos, por debajo del cinturón. El venezolano Carreño, el autor de la célebre Urbanidad, debe estar revolcándose en su tumba por lo que se dijeron los rivales Santos y Zuluaga, como él, ex ministros de hacienda, curiosamente.

El domingo que ya pasó, bien dormido y mejor comido, juicioso, después de soñar y envidiar al ángel de la guarda de la bella Sofía Vergara, mi paisana;

De celebrar anticipadamente el triunfo de Colombia en el mundial de fútbol contra los que “inventaron” la filosofía y la belleza; De ponerme pinta cómoda, colombianísima, pero con etiqueta de “hecho en Viet Nam”;

Después de darle un abrazo de oso al gato, de revisar en el espejo las nuevas arrugas que me acompañan en mi ocaso;

De monitorear cómo andan mi próstata y una espléndida cicatriz que me recuerda que ya (¿¡) no soy inmortal, fui a votar para que no se siga cumpliendo en Colombia el viejo dicho egipcio: en la paz, los hijos entierran a los padres, en la guerra, los padres entierran a los hijos.

Las urnas le dijeron sí a la reelección. La presidencia tendrá que esperar para ganarse su primer Óscar. Pensilvania, Caldas, la cuna del candidato perdedor, aguardará otra oportunidad para el hombre que en la primera vuelta había derrotado al reelegido Santos.

Los cacofónicos compadres de las FARC, que tienen el dudoso honor de ser la guerrilla más arcaica del continente, prolongarán su sabático matizado con trago de piratas y habanos. Eso sí, maestricos, a buscar la paz.

Un amigo que logré recuperar, sastre veterano, me escribió: “Desde hoy me aplico al desmonte de las máquinas tres pasos de costura fuerte, porque ya no habrá moldes de chalecos antibala, blindaje3. Los cambiaremos por alegres chalecos salvavidas pa’ los dialogantes habaneros con bolsillo pa la botella de Bacardí. Tampoco se coserán viseras camufladas con visor nocturno antiemboscada. Ni mochilas reforzadas de campaña pa’ que se acabe la vaina. Esperemos que prospere el diálogo rapidito…”.

Otro amigo que volvió al redil se dejó venir con esta perla: “De la que nos salvamos… y en la que quedamos”.

Terminada la campaña, la invitación pragmática es dedicarnos a disfrutar lo mejor que se ha inventado después del sueño y las mujeres: la simple cotidianidad, regalo de los dioses.

Me despido con Cicerón: “Preferiría la paz más injusta, a la más justa de las guerras”.