Rosita, la del café

Para sus devotos valía más que todas las veinte mil tiendas Starbuck y Juan Valdez juntas
Rosita, la del café
El 27 de junio es el Día Nacional del Café en Colombia.
Foto: Imagen tomada de tomacafe.org

Papeles

En Colombia hay una institución única: la señora del tinto. El diccionario de la Real Academia acoge tinto en la acepción de “infusión de café negro”.

Señora del tinto se le dice a la persona encargada de servir el café a los empleados en las empresas. Para una de ellas, Rosita Castellanos, quien ahora disfruta de su jubilación, todos los días era 1º de mayo, día del trabajo, y 27 de junio, Día Nacional del Café. Vivía en mayo y junio permanentes.

La recordé en el aniversario de la creación de esta fecha. Doy fe de que Rosita era una ternura que venía en estuche pequeño, como los perfumes exquisitos que invitan al pecado mortal. Provocaba agarrarla a besos. Con nadie tuvo nunca un sí ni un no. Ni siquiera un tampoco.

Verla trabajar era una fiesta, un paseo de día entero. Si me entrevistaran para la televisión de Bramaputra sobre el oficio con el que me habría gustado ganarme los garbanzos, respondería que señora del tinto. Claro, a la manera de esta diminuta ráfaga que nos nivelaba a todos por lo alto con la expresión “sumercé”.

Servir el tinto era para ella ceremonia, tic, pausa, recreo, ritual, misa, fiesta, costumbre para hablar mal del gobierno, de todo el mundo. Verla no más equivalía a una sesión de sauna y turco. Veía a cualquiera bajo de forma y le trepaba la moral al último piso. Era siquiatra aficionada. Además.

Sábados y domingos nos castigaba con su sonriente ausencia. Los lunes valían la pena por la llegada de Rosita a la agencia de noticias Colprensa, donde trabajábamos.

Los encopetados personajes que visitaban la agencia preguntaban siempre por ella. Solo después de despachar el café que les servía se decidían a soltar la lengua. Algo le echaba en la taza para que aflojaran la sin hueso. Era su forma de hacer reportería, de contribuir a la productividad noticiosa de la compañía.

No era brava. Bravita sí cuando descubría que habíamos dejado enfriar el café, o su carnal el agua aromática, que también preparaba con sabia sazón de campesina boyacense.

Sabía las cantidades exactas de café y azúcar per cráneo cuadrado que consumíamos. Nos daba gusto así se afectaran las finanzas de la compañía.

No admitía invasiones al hábitat donde preparaba el bebestible. ¡Ay de quien se atreviera! Eso sí, permitía repetir tinto por fuera del reglamento. Así se enojaran los gerentes.

Era discreta, de pocas palabras. Hablaba el certero esperanto del monosílabo. No se dirá de ella que le jalaba al blablablá.

Si escuchaba algún secreto en una reunión de junta directiva lo olvidaba tan pronto salía del recinto. Era la ética y la estética de su destino. Por más que le picáramos la lengua para que contara qué había oído (un reajuste salarial, una echada, equis agarrón gerencial), callaba como el condenado a muerte próximo a recibir la caricia de la guillotina.

Para sus devotos valía más que todas las veinte mil tiendas Starbuck y Juan Valdez juntas. Trabajaba con una cierta sonrisa que le iluminaba el rostro.

Nunca reveló su receta para preparar el tinto. Se pensionó con ese secreto. Muchos años después hablé con ella. “Estoy bien, gracias, sumercé”, me dijo. Se ganó el reposo. Se le quiere, Rosita Castellanos. Usted es la indiscutida patrona de las señoras del tinto que en el mundo son. A ellas les rindo homenaje con estas líneas.

?>