Frío y calculador

Frío y calculador
El presidente Obama estuvo presente durante una ceremonia para otorgar ciudadanias en la Casa Blanca donde también compartio unas palabras.
Foto: EFE

Migración

Cada vez que el presidente Obama actúa unilateralmente en lo concerniente a la reforma migratoria —y no lo hace suficientemente a menudo— las reacciones tanto de derecha como de izquierda son muy predecibles.

Los conservadores comienzan a gritar que el cielo se está viniendo abajo, y acusan de Obama de actuar como un rey, en lugar de un presidente. Afirman que, al no consultar al Congreso, está pisoteando la división de poderes, y que procura imponer por fiat una versión provisional de la amnistía.

Los liberales toman una miguita y declaran que ha sido un gran paso. Por tres motivos: Están desesperados. Quieren pretender que su influencia hizo que el presidente actuara. Y quieren pensar que no se equivocaron cuando en un comienzo juzgaron a Obama como un reformista, y después resultó ser uno de los mayores restriccionistas en inmigración que haya ocupado la Casa Blanca.

En las próximas semanas oirán ambas perspectivas, ahora que Obama ha dicho que finalmente está preparado para utilizar su autoridad ejecutiva a fin de reducir las exportaciones de inmigrantes ilegales. Sería la misma autoridad ejecutiva que en los últimos años Obama y muchos de sus reemplazantes han dicho no tener. Temían una reacción política. Ahora Obama dice haber ordenado a sus asesores la creación de una lista de acciones ejecutivas que él pueda adoptar para aflojar las deportaciones de aquellos inmigrantes ilegales que no presentan una amenaza para la seguridad de la población, y que intenta tomar algún tipo de medida antes que finalice el verano.

Los defens6ores de la inmigración —entre ellos los “soñadores”, esos jóvenes indocumentados que han sacudido el debate de la inmigración pidiendo cuentas a ambos partidos— están mareados con la perspectiva de que finalmente han logrado convencer a Obama sobre la necesidad de disminuir las deportaciones. Esperan que el presidente extienda el programa conocido como Acción Diferida para los que llegaron de niños (DACA), que Obama dio a conocer en junio de 2012, en un intento por ganarse a los electores latinos en su reelección. DACA permite que los inmigrantes indocumentados que fueron traídos al país por sus padres eviten la deportación y obtengan permisos de trabajo por dos años. Los activistas también desean que Obama termine con Comunidades Seguras, el controvertido programa que insta a la policía local a imponer la ley de inmigración y que el gobierno de Obama expandió agresivamente a más de 1,200 jurisdicciones en todo el país.

Veremos si eso ocurre. Muchos en la derecha afirman que no confían en Obama, porque piensan que ha ido demasiado lejos en su utilización del poder ejecutivo para proteger a los indocumentados. Pero muchos en la izquierda tampoco confían en él —piensan que no ha ido suficientemente lejos. Ambos bandos han aprendido a no tomar nada de lo que el presidente dice como un hecho. Eso es especialmente cierto cuando se encara el espinoso tema de la inmigración, donde Obama se encuentra metido en un brete, porque quiere ser duro y compasivo en un debate que no brinda mucho espacio para ser ambas cosas.

Para mostrar que es compasivo, Obama dice que está dispuesto a considerar opciones para reducir las deportaciones que su propio Departamento de Seguridad del Territorio aceleró hasta alcanzar cifras récord. Lo hizo erosionando la discreción de los agentes y fiscales federales, descansando en cuotas mensuales y utilizando a la policía local como multiplicadora de fuerzas.

Para demostrar que es duro, Obama parece estar juntando su súbita conversión en cuanto a las deportaciones, con una ofensiva planeada en el problema de los que, según cálculos, serían 52,000 niños en la frontera, que han ingresado a Estados Unidos aproximadamente en los nueve últimos meses. Tres cuartos de estos jóvenes provienen de Honduras, Guatemala y El Salvador. Son países peligrosos donde muchos de ellos fueron amenazados con golpizas, violaciones y hasta de muerte. Aún así, Obama quiere mandarlos de vuelta y está pidiendo al Congreso 2,000 millones de dólares en fondos adicionales para acelerar las deportaciones de esos niños.

El presidente está enmarcando todo esto en un viraje de énfasis del interior a la frontera. En otras palabras, el foco estará no tanto en deportar individuos que han estado aquí muchos años, sino en sacar a los que acaban de llegar. Obama está introduciendo una cuña entre los “soñadores” y los niños de la frontera. Algunos se quedarán, otros se irán.

Eso no suena ni duro ni compasivo. Suena frío y calculador, lo que tiene sentido, considerando de quién viene.

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