‘Call Center’ acoge a deportados

En centrales telefónicas, mexicanos repatriados inician una nueva vida
‘Call Center’ acoge a deportados
Mientras estuvo preso, José Reyes comenzó a imaginar con trabajar en una oficina; hoy asegura que le va bien.
Foto: El UniversalLaura Sánchez

TIJUANA.— “I´m going to confirm your order before shipping: it’s the facial cleanser, the fill and freezze and the night renewal cream. ¡Perfect so you set! ¿Is there anything else I can help you with? Have a nice day”.

Nadie al otro lado del teléfono creería que quien le habla es un ex pandillero llamado José Reyes. La rapidez con que le explica las bondades de la renovada “Fill and Freez” —una crema de 44 dólares que supuestamente difumina las líneas de expresión— no delata su origen latino.

Su ropa de oficina contrasta tremendamente con las huellas del pasado: de la prisión, de su pandilla la EME, “Mexican Mafia”; que aún lleva en la piel los recuerdos de aquella niñez en la Florencia, su calle, que lleva tatuada en la cara, orejas, manos y el pecho. 13, FL, Gángsters, Florencia, una de las pandillas más peligrosas en Los Ángeles.

“Yo me metí a todo lo que daba. Me rayé todo, pero la realidad me pegó cuando cualquier oficial que me miraba me levantaba. Fue cuando mi vida en la calle finalmente terminó”, cuenta.

José es un hombre de ojos chiquitos, que lleva la cabeza a rape. Narra que nació en Tijuana hace 35 años. Su mamá lo llevó desde pequeño a California, por eso desconoce muchas palabras en español. Hace años fue deportado a México.

“Tuve la opción de pelear mi caso, pero cuando estuve encerrado hablé conmigo mismo y pensé que quizá (la deportación) era lo correcto, pues con toda la gente que yo crecí si no estaban encerrados, están ya muertos. Me dije: ¿qué voy a ganar peleando?.”

Durante los días en prisión, el mundo de José se achicó al tamaño de una celda. Ahí comenzó a leer libros y a imaginar con trabajar en un edificio, sentarse en una oficina y ponerse corbata. “Yo no podía cambiar mi pasado, pero sí quien soy”.

El sueño duró poco, cuando llegó a Tijuana se despertó: la renovación no sería tan sencilla, pues la gente lo miraba mal, se agarraban la bolsa. “Con toda honestidad, yo no sabía que era un malandro, y pues yo me ofendía, porque en mi pasado sí anduve de cabrón, de cholo, pero ratero, eso jamás”.

José dice que tras varios días de búsqueda, llegó a un call center (un centro de atención telefónica), generalmente una empresa de capital estadounidense que vende productos en Estados Unidos. Nadie le preguntó por su pasado, sólo les interesó su perfecto inglés.

En esta ciudad, los call centers se han convertido, de esta manera, en una de las pocas opciones de trabajo para personas que han vivido muchos años en Estados Unidos y han sido deportados.

Víctor Rodríguez me lanza una que otra palabra en español, y es muy complicado entenderlo. “Hablemos en inglés”, le digo; ahora todas las oraciones tienen sentido.

Este año Rodríguez cumplirá 57 años, y 56 con nueve meses los vivió en Estados Unidos. Dice que así como lo ven, fue cantinero en una de las playas más famosas de Estados Unidos: Santa Mónica en Los Ángeles, California.

“¡Uy, ahí conocí a muchísimos artistas, a John Travolta a muchísimos!”, dice contento, sin embargo, se entristece rápidamente.

“Cuando me deportaron pensé: ¿de qué puede vivir un hombre de 57 años”. Alguien le contó que en la empresa Seguros Sin Barreras contrataba a gente que hablaba perfecto inglés. Acudió, previendo que por su edad no conseguiría el trabajo. “Pero aquí estoy, y todo va bien”, dice.