Un camino amargo

Hondureños migrantes sufren a su paso por México

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Foto: authors

HUECHUETOCA, México.— “No vale la pena tanto sufrimiento para llegar a Estados Unidos”, dice Milton, de 29 años, padre de una familia hondureña que en menos de 15 días vivió la peor experiencia de su vida.

Milton, su mujer Tania y sus dos hijos de 3 y 4 años de edad migraron desde Intibucá para huir de las constantes extorsiones de los pandilleros y la inseguridad, cruzaron por Chiapas y como pudieron tomaron el tren de carga.

Al llegar a Coatzacoalcos, Veracruz, el tren se detuvo y dos hombres jalaron a la madre. “Puse a mis hijos detrás de mí, estaban llorando y llamando a su mamá, me amenazaron con un arma, no pude hacer nada por mi mujer”, narra el esposo sin llamar a la violación por su nombre.

Entre todos los peligros que corren los indocumentados que cruzan este país, hay particularmente dos regiones consideradas un infierno por los secuestros, extorsiones y abusos: Veracruz y Tamaulipas.

Los dos estados están unidos por la geografía y la misma incidencia delictiva, pero separados en la ruta del ferrocarril que viaja primero al Distrito Federal y la zona donde se encuentra este albergue del Estado de México.

A estas alturas del camino, la mayoría de los indocumentados ya probó la dureza del camino al pasar por los municipios veracruzanos de Tierra Blanca y Coatzacoalcos, donde cada día ocurren alrededor de 80 extorsiones, 16 secuestros, 200 robos e incontables cobros de piso, según el último informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

Y es justo aquí donde muchos centroamericanos que viajan solos desisten del viaje, después de probar en carne propia las experiencias que previamente escucharon entre las poco más de 80,000 personas que cada mes son repatriados desde México.

Milton calla, se atraganta, mira a su esposa con la vista clavada en el suelo y su rostro enrojece, no es pena, es odio, aclara: “Les di todo el dinero que con tanto dolor había juntado, nosotros vamos de paso en estos lugares, no sé por qué la gente nos trata mal”.

Tras el ataque, la familia de Milton siguió sobre el tren de carga aunque la crisis emocional iba de mal en peor: ella, no dejaba de llorar, y de repetir que quería regresar a Honduras. Los niños estaban asustados, también lloraban.

Aún así siguieron adelante camino a un refugio donde poner sus ideas en orden., pero no había ninguno cerca de las vías sino hasta este municipio donde se bifurcan las rutas del tren de carga, una va hacia el golfo (el trayecto más corto); otra hacia Chihuhua y la más larga hasta Baja California.

En Huehuetoca desistieron; se quedaron durante dos días en el albergue en donde les dieron ropa limpia, comida y servicios de higiene. Allí los orientaron sobre cómo regresar a Honduras y contactaron al cónsul de su país para buscar apoyo para el retorno.