Una pesadilla carcelaria

Niños y jóvenes eran sometidos con jornadas muy estrictas

Muchos niños se convirtieron en adultos dentro del albergue de la 'Mamá Rosa'.
Muchos niños se convirtieron en adultos dentro del albergue de la 'Mamá Rosa'.
Foto: Agencia Reforma

ZAMORA.— Una vez que los niños cruzaban la puerta del albergue “La Gran Familia” ninguno volvía a salir a la calle hasta que no lo autorizara la estricta “Mamá Rosa”, y eso, en la mayoría de los casos, no ocurría en muchos años.

Adentro, eran sometidos a una severa rutina casi carcelaria, que iniciaba a las seis de la mañana y concluía a las seis de la tarde, dentro de la cual se encontraban las clases escolares y de música, pero también los castigos con golpes o la reclusión en un cuarto de aislamiento.

“Nos levantaban a las seis y nos formaban en el patio, hacíamos solfeo con los instrumentos musicales. A las ocho y media desayunábamos, luego a clases de primaria o secundaria; salíamos, nos bañábamos, comíamos y algunos tenían clase de computación. Cenábamos algo y a la seis otra vez nos subían”, describió Cristóbal, un adolescente de 14 años, oriundo de Apatzingán, a quien, ante la falta de sus padres, su tía lo fue internar a los nueve años.

En el albergue, que es un rectángulo de concreto de tres niveles y cuyo patio es de dimensiones cercanas a una cancha de fútbol, los internos, 452 menores y 138 adultos, dormían en habitaciones en donde sólo hay literas, la mayoría de ellas sin colchones, y en las cuales debían permanecer casi 12 horas diarias, de 6 de la tarde a 6 de la mañana.

Un adolescente de 17 años, quien dijo que lo apodan “Bobby”, llegó a los 13 años al albergue y debido a su carácter rebelde constantemente era castigado y recluido en “El Pinocho”, que era el cuarto de castigos.

La gente en esta ciudad conocía el albergue regenteado por Rosa del Carmen Verduzco, “Mamá Rosa”, de quien se sabía que gracias a su carácter recio había sacado adelante a muchos menores que habían sido abandonados por su padres o canalizados por las instituciones de asistencia social ante la ausencia de los tutores.

Sin embargo, lo que ocurría al interior del inmueble era un secreto que no era fácil conocer, debido al férreo control que Mamá Rosa y sus ayudantes tenían sobre los internos que recibían visitas.

“Yo sí tengo mamá, ella me trajo aquí porque andaba de cabeza loca y le dijeron que aquí me corregirían. Ella venía a verme una o dos veces al año, pero yo no le podía decir nada porque en la visita siempre estaba alguien vigilándote, no te dejaban solo y si decías algo inmediatamente te castigaban”, indicó un menor de nombre Raúl.

Todos los internos tenían que usar un uniforme que el martes, al llegar los agentes de la Policía Federal y de la Procuraduría General de la República (PGR), fue de las primeras cosas que tiraron a la basura.

También a las cerca de 16 toneladas de desechos que se han recolectado han ido a parar decenas de bolsas de comida putrefacta que a pesar de su estado era consumida por los internos.

“Nos hemos acostumbrado a comer lo que sea. Nuestro estómago ya aguanta todo. Porque sólo tenías de dos sopas, o te comías lo que te daban o te morías de hambre”, señaló Cristóbal. Uno de los jvenes que vivió esa experiencia en los últimos años.